Injusticia

 

 


Despierto, los ratones están irritados conmigo; creo que se dan cuenta de que sueño más profundo, diferente, pero no pueden entrar en mis sueños y eso les molesta. Cada mañana, los descubro a mi alrededor: un público silencioso que me observa con desconfianza. Los he decepcionado; no sé exactamente en qué. Ya pueden ir acostumbrándose.

El doctor Om me llama al despacho. El despacho es un sitio importante. No es la sala de consultas —que tiene su importancia, pero, vamos, no es lo mismo—; el despacho es otra historia —que a todos acojona, no comprendo por qué, pero me he contagiado de la histeria colectiva y me siento aterrado—. El despacho está fuera del recinto cerrado —el anillo interior— y son dos habitaciones contiguas que dan a la gran sala de espera, donde las ventanas están puestas a una altura más normal y todas, todas te dejan ver el exterior. En la primera habitación antes había una enfermera-secretaria muy simpática, pero dicen que se cansó de los majaras y se fue. Ahora solo queda la mesa metálica vacía y una silla rota. La segunda habitación —el despacho en sí— está cerrada. Junto a la puerta hay un interfono amarillento; no sé si es que se supone que debes llamar y esperar a ser atendido.
No me da tiempo, la puerta se abre y un alterado doctor Om me invita —más bien me ordena— a pasar. Dentro del despacho, sentado en la silla del rincón, hay un tipo muy elegante; tanto que debería salir en la enciclopedia —dibujado con plumilla y tinta china negra— al lado de la definición de la palabra, para que quedara claro, sin ningún género de duda, que la respuesta a: ¿qué es ser elegante?, es ser este señor.

—Aquí tiene a su cliente —dice el doctor Om un poco demasiado alto; un poco demasiado tajante. 

  El tipo guapo se levanta de un salto de la silla y me tiende una mano en la que parecen haber un montón de dedos, todos muy largos. Me doy cuenta de que estoy mirando su mano como si pudiera morderme. Él también se da cuenta y se lleva la mano al corazón de una manera tan fluida que dudo si no ha sido siempre su intención.

—Mi nombre es Torrella, Vicente Torrella, soy su abogado.
—¿Abogado? ¿Tengo un abogado?
—Ahora sí. Es parte de la injusticia que se ha cometido con usted.
—¿El tener abogado?
—El no tenerlo.

Y ahora su mano ha ido de su corazón a mi hombro, porque él piensa que esto me reconfortará y así ganará mi confianza. Su cara ancha y sincera me mira directamente a los ojos y no sé qué ve en mí, pero yo sé que es un hombre que camina sobre una línea muy fina y que ha comenzado a sentir atracción por el vacío.

—Si usted hubiera tenido un abogado competente, desde un primer momento, no estaría aquí en estos ahora. El procedimiento, porque desde luego esto no puede llamarse proceso, ha sido una vil treta tras otra y un desprecio absoluto al espíritu de la ley. Usted no ha sido más que... una excusa para cubrir los errores de... gentes viles —en este punto fulmina con la mirada al Doctor Om, que se muerde la lengua mientras aprieta los puños—. Aquí está la documentación que lo demuestra —y da una palmada sobre una carpeta que descansa sobre la mesa del doctor—, documentación que ya obra en poder del juez, que en breve dictará el habeas corpus correspondiente…

Y continúa con su charla, a veces dirigiéndose a mí, otras al doctor Om y otras a un ente que está por encima de todos nosotros y al que llama justicia. Al poco, me tranquilizo y estoy a punto de ponerme a aplaudir. Desde luego, es un espectáculo de categoría: mi propia historia personal. Solo que, en su versión, parece que la Gestapo me ha torturado, repetidas veces, mientras yo mantenía una entereza digna de... no sé, algún tipo heroico, histórico y famoso.

Al final termina y me obsequia con una gran sonrisa, todo él huele a victoria. Recoge su maletín —tan elegante como él—. Se vuelve a llevar la mano al corazón, la deja descansar allí un segundo, para que, después, vuele como una paloma que se transforma en un gesto de adiós De propina dedica una inclinación de cabeza —y una mirada justiciera— al doctor Om y sale del despacho.  Me doy cuenta de que, para despedirle, sin querer le he copiado el gesto. ¡A partir de ahora lo haré siempre! Es que mola lo más.
  
Siento una especie de anticlímax cuando se marcha. Me quedo pendiente de la puerta. ¿Su marcha será una broma? ¿En cualquier momento abrirá la puerta, volverá a entrar y podré... ¿aplaudir?

Vuelvo a ser consciente de los ratones, manchitas luminosas que hay en rincones donde no debería haber nada, y también del runrún que acarreo en mis pensamientos. Se me ocurre que, por debajo del aroma a colonia cara, el abogado olía a cerrado y húmedo, a champiñones. A algo que podría ser y, si fuese, sería sabroso. ¿Qué coño estoy pensando?
Abro la boca, ningún sonido sale de ella. Siento cómo el doctor Om me toma del brazo y me acompaña a la silla; antes de desplomarse, con un quejido, en su propio sillón.

—¿Has entendido lo que dice el letrado?
—Sí. No. Más o menos. Que pronto me iré. Eso sí lo he entendido.

Estoy contento. ¿Y eso? ¿Por qué quiero irme? Hasta hace nada todos mis esfuerzos estaban dirigidos a permanecer a cubierto, resguardado en el puto cotolengo, convencido de que tenía que currármelo. Que si no, a la mínima, me iban a chíndar y ahora estoy tan feliz por poner tierra por medio.

—Sin latinajos, además, venía a decir que tú estás aquí por algo que pueda ser un error.
—¿Error?
—El Señor letrado sostiene, afirma, que se han cometido errores en cómo se ha manejado tu caso. Que tu internamiento en esta institución ha sido forzado por las fuerzas de seguridad, con el fin de tenerte a mano, como testigo, o como acusado en el peor de los casos.
—¿Y eso es verdad?
—No lo sé, en realidad no importa. A mí no me importa; y puede que a ti tampoco tuviera que importarte. Has de reconocer que necesitas ayuda.

¿Ayuda? Claro que necesito ayuda, todo el mundo la necesita. Ningún hombre es una isla, ¿no? —vale, lo acepto, pero náufragos, anda que no hay náufragos corriendo por ahí–. La pregunta es: ¿qué tipo de ayuda? ¿Cuándo? ¿Cree el buen doctor que es capaz de ayudarme? ¿Y si se equivoca? También hay la posibilidad de que yo no quiera su puta ayuda. Puedo pensar que aceptar ayuda es reconocer el fracaso; puedo creer que la única ayuda que voy a recibir es la que me haga más parecido a él; no la que me haga ser más yo. Abro la boca para soltarle todo este rollo —me he quedado, tras el discurso del picapleitos del traje bonito, con ganas de montar mi propia escena—, pero se me van las ganas y me quedo con la boca abierta como un imbécil.

La mirada del doctor Om tiene tanta comprensión, tanta bondad, tanta piedad, que me hace sentir asqueado de mí mismo y, de serme indiferente, paso a odiarle. ¿Quién coño se cree que es? ¿Qué mierda es esta? ¿Ayuda? La vida te reparte unas cartas cuando naces y con ellas has de jugar la partida. No creo que el puto batablanca haya tenido peores cartas que yo. ¿Qué coño quiere enseñarme? ¿A mejorar mi relación con los demás?

El doctor toma mi silencio por un adelante y continúa con su rollo de lo buena persona que es y de que, claro, tiene todo lo que falla en mí.

—Has interiorizado cosas dentro de ti. Cosas que no has digerido, cosas de las que deberías hablar.

Tiene razón, ¡joder! Claro que la tiene. ¿Pero no está todo el mundo igual? Yo lo que no he digerido es que la vida es como un caramelo, al que te dejan dar dos chupadas y luego te lo quitan. Lo que no he digerido es que mi especie lleva treinta mil años matándose en masa y que, mientras llega el inevitable momento en que te pongan un arma en la mano y te hagan desfilar bajo una bandera hacia la muerte, lo correcto sea mantener el chiringo en marcha comprando las cosas que anuncian en la tele y comportarse como si no fuera esto lo que siempre pasa.
  Ponerse hasta la bola para olvidar... está mal porque es reconocer que pasa, que es insoportable. Estoy irritado. Reluzco hasta ser un fuego blanco que se consume en sí mismo
. Entonces recupero la vista, la otra vista, todas las vistas, una vista total, ampliada. El doctor Om tiene una misión: mantenerme tranquilo hasta que llegue el día del desfile. Lo sé y, antes de que me dé cuenta, se lo estoy soltando. A la mierda todos y vuestras misiones.

—Usted quiere que continúe aquí.
—No voy a engañarte: sí.
—¿Y qué debería hacer para quedarme?
—Nada, bueno, solicitar el ingreso. Firmar unos papeles.
—¿Unos papeles? ¿Solo eso?
—Más o menos.
—Y esos papeles ¿tardan mucho? ¿Son como una solicitud, la haces y esperas?
—No, no, inmediato. Firmas y ya estás ingresado.
—¿Ya están hechos?
—Bueno... Sí.
—¿Desde cuándo están hechos?
—¿Qué quieres decir?
—Sencillo: ¿Desde cuándo están hechos? ¿Hace un rato?, ¿ayer?, ¿hace un mes? ¿Han estado hechos desde el día que llegué, olvidados en un rincón?

Miro su cara, no es la cara de un mal hombre, no huele como un mal hombre, solo que se cree mejor que yo —como nueve de cada diez tipos—. Como es mejor, cree que puede decidir por mí. Yo no quiero que él decida, no quiero su ayuda, no quiero ser él. Quiero ser yo.

—Creo que usted le hizo un favor a alguien. También pensaba que me lo hacía a mí. Ahora también me lo quiere hacer, pero sobre todo quiere evitarse un lío.
—Eso también es cierto.
—No tiene ni idea de dónde ha salido el abogado.
—No.
—No sé si estar enfadado con usted. O no; es igual, no es importante. Saldré de aquí, afuera... Allí me están esperando.
Me levanto para marcharme, sin pedir permiso. En la puerta me giro, el doctor Om parece más pequeño y más triste. Alguien tendrá que cuidar de él.