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Dotes de orador

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— Estoy seguro de que te he soñado. No sé qué reacción esperaba de él, en cuanto se diera cuenta de que no estaba solo, desde luego, este amable reconocimiento no. Me observ a un segundo más, sonríe y devuelve la atención a la imagen que preside la capilla lateral, e xamina con deleite el cuerpo ensangrentado y luego comenta como para sí. — Es hermoso. La voz del Hombre Triste es gruesa y a la vez suave. S i se esfuerza, quien le escucha cree que nunca nadie antes le ha hablado con tanta sinceridad y franqueza, de forma tan cercana y comprensiva. El Hombre de la Voz Triste, como complemento, tiene las manos grandes y fuertes. U nas manos que parecen diseñadas ex profeso para sujetarte si das un mal paso. El Hombre de la V oz Triste se llama Federico, Fede para amigos y conocidos; aunque unos y otros le suelen durar poco. Ahora, que me devuelve su atención, me doy cuenta de que sus ojos pueden hacerte el mismo efecto que le hacen los faros de un coche a un conejo. Dej...

Junto al zarzal

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        ¿Paisaje? A rboleda s oscur a s aquí y allá moteaba n la planicie, como las manchas en la piel de un animal gigante. U no que se había derrumbado allí y nunca consiguió volverse a levantar. — Quizás caminamos en círculos, siempre yendo entre las mismas tres o cuatro arboledas. — Sabes que eso no es así. — Quizás el sol no sale siempre por el mismo lugar y ya no puedes confiar en é l para orientarte. El Vi ejo no contestó solo husme ó en el aire. E l Joven al ver su gesto le imitó. Ambos permanecieron  durante unos segundos  silenciosos , congelados y oscuros como dos árboles raquíticos más. — ¿ Plástico ? — Sí, el olor lo trae la brisa, desde el Norte. — Vamos hacia el Norte. — Siempre vamos al Norte. — Continuemos, despacio, ¿de acuerdo? — De acuerdo, solo debe quedar una hora de luz. Si lo que sea arde todavía dentro de poco lo veremos. Salieron de una arboleda que casi no lo era  — sol...

Jugando a fútbol

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  Puedo explicarlo como si tuviera un orden, que lo tuvo, pero en mi cabeza todo sucede a la vez. Ahora mismo continúa haciéndolo. Puedo explicarlo: tengo trece años; no, doce. Estoy gritando a pleno pulmón en la explanada: ¡Ballena, pasa, pásala ya! Mientras, me digo para mí, que me gustaba más cuando el jodido gordo no sabía taparla con el cuerpo y se buscaba la vida más cerca de la portería. Cuando al fin la suelta no es en mi dirección, sino a la otra banda. Allí Greñas la recoge y se mete en un bosque de piernas, del que — milagrosamente —  le veo salir a trompicones y, justo antes de esparramarse, sin levantar la cabeza, empuja  — más que patea —  el balón en dirección de la zona del campo en la que yo debería estar — el frontal de la portería —  ,en vez de tan caído a la otra banda. ¿Por qué estoy aquí? Es igual, verme tan lejos de mi sitio y el balón por ahí, rodando, me da alas y corro hacia él.   Los gemelos Pons parece que llegarán antes. Siemp...

La Primavera

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  La Primavera -Fragmento- Boticelli Un acoplo, un chillido más que hiriente, fue el aviso de que el monaguillo del predicador había conseguido volver a arrancar el sound system. Reverberaba   el aullido todavía en el comedor, que aquel ya había retomado su sermón; justo donde lo había dejado hace tres minutos. —Ella llegará, nuestras heridas serán sanadas, nuestros pecados perdonados. La vida siempre se abre paso, siempre lo consigue. ¡No os interpongáis en el camino de la primavera! ¡No lo hagáis! El predicador aparta el micrófono de su cara redonda, negra y sudada para dirigir una mirada suplicante al público que han arreado hasta frente al estrado los reclutadores. En conjunto es una congregación suavemente indiferente, dedicada ante todo a masticar su ración. Pero él no se rinde; puedes verle tomar aire, llenarse de la gracia; recordar que en realidad a todos les atrae primeramente el hambre. Que él está allí para, con la ayuda del tiempo y la suerte, despertar la fe. —Qu...