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Olvidos

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  No me gusto cuando me pongo metafísico; pero, de cuando en cuando, me da por ahí.    Dicen que no he vuelto a ser el mismo desde el accidente; al menos es lo que murmuran, entre ellos, toda esa gente que dice conocerme; los que callan cuando se dan cuenta de que presto atención. Supongo que es verdad. Digo que solo supongo porque no es que recuerde mucho de como era yo antes. El mismo accidente, para mí, como si no hubiera pasado. Durante bastante tiempo, el recuerdo que me parecía más antiguo, era abrir los ojos y estar acostado en una habitación blanca, en la que un montón de caras desconocidas me miraban, con ojos como platos, y se decían, los unos a los otros, que había tenido la hostia de suerte; que era como si hubiera vuelto a nacer. Puede ser, tampoco recuerdo como fue la primera vez que lo hice; lo de nacer, digo. En serio: no sabía quién era esa gente que estaba pasmada allí delante. ¡Joder! Sí no sabía quién era yo. Después con el tiempo comencé a recordar c...

Basura

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    Con la llegada de la luna llena,  las arnas de la ceniza surgieron de sus cunas de tierra, treparon por los troncos y se quedaron muy quietas en los dorsos de las ramas bajas; confiando en que los murciélagos no las localizaran antes de que se les secaran las alas y así tener una oportunidad. Los hombres, que podían ver sus siluetas , tenuemente fosforescentes, destacando sobre la corteza, las atrapaban y se las llevaban inmediatamente a la boca. Porque l as arnas no se pueden guardar. Según las tocas comienzan a deshacerse  — como la ceniza de la que toman el nombre —   y mueren;  para,  al par de horas,  oler de t a l manera que nunca serás capaz de comértelas , por mucha hambre que tengas. — Con las arnas sabe s que al menos un día al mes no pasarás hambre. — Esto allí adelante no creo que se aplique. Allí adelante solo hay vacío. Las arboledas se habían ido distanciando y aclarándose. Esta, e n la que ahora estaban , s...

Reflexiones sobre Le Cabanon, obra de Le Corbusier

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      1 Sobrevaloración: La vida humana no tiene trascendencia alguna. En el movimiento de las esferas no tiene más parte que la que uno mismo se quiera otorgar o, por defecto, reconocer en el otro. La cultura humana solo es un péndulo que fluye entre la sobrevaloración y la infravaloración. 2 Demostración práctica: El teórico del rascacielos, que tuvo que conformarse con continuar viviendo a ras de tierra,  construye , como espacio vacacional, un cubo de contrachapado con tejado a un agua. Los ociosos del mundo deciden declararlo patrimonio de la humanidad; lo que pone la construcción al mismo nivel que el Taj Mahal . En su favor debemos comentar que Le Cabanon al menos no es una tumba.   Inciso A ¿En qué momento cambió el fin de la arquitectura? ¿ Cuándo dejó de ser la construcción de la máquina habitacional y se transformó en pedestal para sueños fatuos? Sostengo que fue en el mismo momento en que el primer mono se contempló el tamaño de su pene y ...

Dotes de orador

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— Estoy seguro de que te he soñado. No sé qué reacción esperaba de él, en cuanto se diera cuenta de que no estaba solo, desde luego, este amable reconocimiento no. Me observ a un segundo más, sonríe y devuelve la atención a la imagen que preside la capilla lateral, e xamina con deleite el cuerpo ensangrentado y luego comenta como para sí. — Es hermoso. La voz del Hombre Triste es gruesa y a la vez suave. S i se esfuerza, quien le escucha cree que nunca nadie antes le ha hablado con tanta sinceridad y franqueza, de forma tan cercana y comprensiva. El Hombre de la Voz Triste, como complemento, tiene las manos grandes y fuertes. U nas manos que parecen diseñadas ex profeso para sujetarte si das un mal paso. El Hombre de la V oz Triste se llama Federico, Fede para amigos y conocidos; aunque unos y otros le suelen durar poco. Ahora, que me devuelve su atención, me doy cuenta de que sus ojos pueden hacerte el mismo efecto que le hacen los faros de un coche a un conejo. Dej...

Junto al zarzal

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        ¿Paisaje? A rboleda s oscur a s aquí y allá moteaba n la planicie, como las manchas en la piel de un animal gigante. U no que se había derrumbado allí y nunca consiguió volverse a levantar. — Quizás caminamos en círculos, siempre yendo entre las mismas tres o cuatro arboledas. — Sabes que eso no es así. — Quizás el sol no sale siempre por el mismo lugar y ya no puedes confiar en é l para orientarte. El Vi ejo no contestó solo husme ó en el aire. E l Joven al ver su gesto le imitó. Ambos permanecieron  durante unos segundos  silenciosos , congelados y oscuros como dos árboles raquíticos más. — ¿ Plástico ? — Sí, el olor lo trae la brisa, desde el Norte. — Vamos hacia el Norte. — Siempre vamos al Norte. — Continuemos, despacio, ¿de acuerdo? — De acuerdo, solo debe quedar una hora de luz. Si lo que sea arde todavía dentro de poco lo veremos. Salieron de una arboleda que casi no lo era  — sol...