Basura

 

 

Con la llegada de la luna llena, las arnas de la ceniza surgieron de sus cunas de tierra, treparon por los troncos y se quedaron muy quietas en los dorsos de las ramas bajas; confiando en que los murciélagos no las localizaran antes de que se les secaran las alas y así tener una oportunidad. Los hombres, que podían ver sus siluetas, tenuemente fosforescentes, destacando sobre la corteza, las atrapaban y se las llevaban inmediatamente a la boca. Porque las arnas no se pueden guardar. Según las tocas comienzan a deshacerse como la ceniza de la que toman el nombre y mueren; para, al par de horas, oler de tal manera que nunca serás capaz de comértelas, por mucha hambre que tengas.

Con las arnas sabes que al menos un día al mes no pasarás hambre.

Esto allí adelante no creo que se aplique. Allí adelante solo hay vacío.

Las arboledas se habían ido distanciando y aclarándose. Esta, en la que ahora estaban, solo era una promesa en el horizonte, cuando se pusieron en camino por la mañana. Arribando no supieron hacia dónde continuar, más allá ya no se veía nada que pareciese vivo: solo arena y piedras, grava y rocas. No era un paisaje al que se sintieran con fuerzas para enfrentar.

Comieron arnas, hasta que estas todas decidieron que era el momento y alzaron simultáneamente el vuelo. Se transformaron en una nube que, hostigada por un millar de silenciosos murciélagos, cogió altura y voló por encima del desierto hacia el Norte.

Podríais llevarnos, malnacidas.

Decidieron terminarse las turquesas que les quedaban. El interior de las púas verdes de mayor tamaño las que guardas esperando que fermenten y se vuelvan azules contiene alcohol. No mucho, el suficiente si hace meses que no tomas una copa.

Comieron unas pocas hasta que se relajaron y como todos los hombres, durante todos los tiempos, después de beber se dieron a la curiosidad y a las confidencias.

¿De dónde eres? ¿Nunca me lo has dichopreguntó el joven; sorprendido de su propia curiosidad.

No, no lo has hecho. Soy del Norte.

 Eso ya lo imaginaba, me refiero a: ¿de dónde vienes, dónde empezaste a caminar?

En Acra. Comencé en Acra.

¿Qué hacías allí?

  El viejo miró la púa azul que tenía en la mano, luego al cielo y, después, detrás de él, al camino que hasta allí les había llevado, antes de contestar:  

Compraba metales.

¿Hay minas en Acra?

Ni una. Allí solo hay basureros gigantes y pobres, muchos pobres; que, por unos céntimos, separan el diferente metal entre la chatarra.

No pareces un tipo que pasase mucho tiempo en los basureros.

Pues lo hacía. Cuanto más dispuesto estás a mancharte las botas, más beneficio puedes sacar; sobre todo porque te quitas de en medio intermediarios. Cuando regresaba a casa mi mujer tiraba toda mi ropa, decía que olía a basura. Cuánta razón tenía.

¿Qué metales comprabas?

Los que había.

¿Por qué no tomaste un avión y volviste a casa, en cuanto comenzó a llover ceniza?

En Acra, en su basurero, siempre está lloviendo ceniza. Al principio solo era un poco más de la habitual la que caía y yo... yo era avaricioso.

Avaricioso dijo el joven, su voz con la textura de un eco. 

He pensado en ello. Ya no solo era el dinero el que me motivaba a continuar allí, también era sentirme un tipo importante.

Importante.

¡Vaya si lo era! Para aquella gente. Los veía bailar y sonreír a mi alrededor. A los recolectores, a los guardias, los camioneros, las mujeres de las hogueras, las pelacables... todos pendientes de mí. Eso me gustaba. ¡El ser un tipo importante!

El rey de la basura.

No, no tanto; aunque he conocido alguno. Donde aprendí el oficio, en Alang, en la India, el mayor desguace de barcos del mundo. Allí si que había reyes.

¿Qué poder tiene un rey de la basura?

Ponerte en un puesto de trabajo donde lo más fácil sea que mueras.

¿Y la gente lo acepta?

No te puedes negar. Toda tu familia, cercana y lejana, depende de las pocas monedas que puedas conseguir cortando acero. Acero, eso es lo que buscaba allí, después me puse por mi cuenta. Primero en São Paulo; es una ciudad que tiene la avenida más larga del mundo y el basurero más gigantesco. Después Acra.

El Viejo calla; parece masticar en silencio la palabra: «Acra, Acra...»

Comenzó a llover ceniza, el sol se apagó y yo vivía colgado del teléfono. Desde el Norte querían más y más de todo. Tenían que construir, fabricar miles de ingenios para intentar no ahogarse. Pensé que podía vender más caro y así fue, gané mucho, muchísimo dinero y luego...

El viejo calla para morder fuertemente una azul. Siente cómo revienta contra su paladar. Cómo tantas veces intenta darle un nombre al sabor, buscarle una semejanza a alguna otra cosa que hubiera bebido o comido antes; pero no se lo encuentra. Las azules saben a azules; a algo ligeramente decepcionante. Al sabor del mundo, como es ahora.

¿Luego?

Resultó que era demasiado importante. Una milicia me secuestró, me metieron en un agujero y pidieron un rescate. Intenté pagarlo, intenté que lo pagaran. Llegué tarde: no habían sido de los primeros y ya los bancos, el gobierno habían tomado medidas. Pasé dos años en aquel agujero.

Y entonces escapaste.

Yo no lo diría así. Un día empujé la puerta y estaba abierta; salí a la calle y los perros corrían por ellas. Los niños les ponían trampas. ¡A veces funcionaban! Los adultos... se mataban los unos a los otros. Escuché la llamada y acabé en Primavera, después, ya lo sabes, salí hacia el Norte.

Y aquí estoy, al borde del desierto, sabiendo que me es imposible de cruzar, pensó el Viejo, pero calló y el silencio se adueñó de la larga noche.