Reflexiones sobre Le Cabanon, obra de Le Corbusier

 

 


 

1
Sobrevaloración: La vida humana no tiene trascendencia alguna. En el movimiento de las esferas no tiene más parte que la que uno mismo se quiera otorgar o, por defecto, reconocer en el otro. La cultura humana solo es un péndulo que fluye entre la sobrevaloración y la infravaloración.

2
Demostración práctica: El teórico del rascacielos, que tuvo que conformarse con continuar viviendo a ras de tierra, construye, como espacio vacacional, un cubo de contrachapado con tejado a un agua. Los ociosos del mundo deciden declararlo patrimonio de la humanidad; lo que pone la construcción al mismo nivel que el Taj Mahal. En su favor debemos comentar que Le Cabanon al menos no es una tumba.

 

Inciso A
¿En qué momento cambió el fin de la arquitectura? ¿Cuándo dejó de ser la construcción de la máquina habitacional y se transformó en pedestal para sueños fatuos? Sostengo que fue en el mismo momento en que el primer mono se contempló el tamaño de su pene y quedó decepcionado.

3
Vilipendio: Le Cabanon carece de cocina, de ducha y de espacio de trabajo (este, el estudio de Le Corbusier, está situado un poco más alejado en dirección noroeste). Su desempeño ante las inclemencias del tiempo puede ser muy cuestionable; en los planos a los que he tenido acceso no se especifica ningún tipo de aislante.

Le Cabanon, con buena fe, puede definirse como un dormitorio monacal hipertrofiado; sin ella, sin la fe, es un cuarto de escobas, un almacén de cajas de bebidas adosado al lateral del restaurante de un camping. Le Cabanon es un parásito, una excrecencia de otro edificio y no puede ser tomado como modelo para nada que no sea otro ejercicio de parasitismo.

Declaración
Frank Lloyd Wright me viene a la mente cuando observo los planos de Le Cabanon y veo el pasillo de entrada. Este no tiene ninguna utilidad más que evitar la visión directa de la cabaña. Una manía del de Wisconsin, que gustaba poner difícil la entrada a sus construcciones, mientras mascullaba cosas como guaridas, fieras y arquitectura orgánica. Si tuviese la capacidad de sentir sentimientos intensos, creo que odiaría a Franky, pero solo le condenaré a llevar la compra desde el coche a la cocina.

4
Las declaraciones grandilocuentes siempre se vuelven contra uno. No es cierto que Le Cabanon no pueda ofrecer ninguna lección; alguna tiene. ¿Cuáles? Examinémoslas.

Primera: Le Cabanon no destaca, prácticamente es invisible.
Sí, eso es bueno; que no te engañen los brillantes diseños de cabañas futuristas —de las que tanto gustan las revistas de arquitectura—. Son diseños inútiles; a no ser que pienses edificarlos en tu jardín trasero. Esos derroches imaginativos que ves en las fotografías, sobre grueso papel cuché, tienen más posibilidades de atraer el vandalismo y a los amigos de lo ajeno que la pobre cabaña del pastor.

Segundo: Le Cabanon no sufre de esa enfermedad contemporánea de los enormes ventanales; ella defiende tu intimidad y la inercia térmica. Te aconseja que, si quieres ver el paisaje, saques una silla y te sientes junto a la puerta. Reniega de las hermosas y enormes paredes de vidrio, esas que, pivotando o plegándose, permiten esa estupidez actual de pretender que el exterior y el interior se confundan.
Recuerda que en la mesa de dibujo no hay moscas, mosquitos, avispas, polvo o arena, pero en la realidad sí. Conclusión: cualquier diseño de cabaña debe recordar que sus ventanas deben ser pequeñas y situadas en lugares estratégicos. Como son todas las cabañas.

Tercero: Le Cabanon es barata; el tablero fenólico es de poco precio y resistente, el suelo de tablas recicladas también debe serlo.

Cuarto: los muebles son multiuso, aunque en realidad todos lo son —contempla tu chaqueta colgando de una silla y tendrás que darme la razón—.

Filípica final

Le Cabanon no ha sido derribada porque está asociada a un nombre; si no fuera así, alguien guardaría sus bicicletas en ella fuera de temporada. Parece la obra de un aficionado a la carpintería mañoso, uno que se ha parado cuarenta y cinco minutos en un bar, frente a una caña de cerveza, a pensar qué necesita y cuándo. Justo lo mismo que hizo Le Corbusier.

Realmente: ¿una cabaña debe ser alguna otra cosa diferente?