El hombre que ha perdido la salud

 

El hombre herido- Gustave Courbet

 

Siguen por internet las actividades del hombre que ha perdido la salud más de seiscientas cincuenta mil personas, una multitud que no puede ocultarle que no siente a nadie como realmente próximo. Delante de todos ellos ha guardado en secreto su peregrinación de médico en médico del último año. Si le preguntases por qué ha hecho esto, no dudaría en la respuesta y hablaría de discreción sobre un tema tan personal. No diría nunca nada sobre la vergüenza que siente por verse, en cierta forma, desenmascarado.

El hombre que ha perdido la salud ha defendido desde los monitores de seiscientas cincuenta mil personas —y creciendo, como no se cansa de apuntar su community manager— que la salud del cuerpo es ante todo consecuencia de una mente sana; que es la voluntad de cada cual, esa fuerza interior que nos empuja a superar nuevos desafíos y a sostener las conquistas, la piedra angular de la salud. Después de visualizar unas pocas de sus publicaciones, uno comprende que intenta plantear ante todo que en su método la dieta, el ascetismo y el ejercicio físico son herramientas enfocadas a la mente, que es en la fuerza de esta donde dice encontraremos recetas, soluciones, a los problemas del cuerpo.

Su método de salud, regeneración y felicidad no tiene fallos; si en un caso particular no devuelve los resultados esperados es solo porque quien lo practica no ha puesto lo suficiente de su parte, no se ha implicado lo suficiente: es él quien ha fracasado, no el método. Fue un consultor de marketing independiente quien le informó con una cierta admiración en la voz que este planteamiento, culpabilizar al cliente, era el mismo que el de las dietas milagro y la religión.

Si le preguntas al hombre que ha perdido la salud cómo ha acabado relacionándose con community managers y asesores independientes de marketing digital, puede que no supiera contestarte, incluso puede que no le viera objeto a la pregunta; esforzándose mucho solo sabría decirte que todo ha sido parte de un proceso natural por el cual desgarró el capullo que le cubría, se ofreció al mundo y este le aceptó.

Poco más abajo de la puerta del especialista que hoy ha visitado, una muchacha detiene su mirada en él, parece dudosa por un segundo, reúne decisión en su interior y se le acerca: «¿Tú eres tú?». El hombre que ha perdido la salud no puede negarlo. La muchacha entonces se desvive en agradecimientos por los beneficios que ha conseguido siguiendo su método y, tras un minuto de monólogo, se pone de puntillas y deposita un beso en su mejilla antes de despedirse agitando su mano y desaparecer entre la gente que camina absorta en sus cosas por la calle. El hombre que ha perdido la salud se siente aliviado, es seguro que la muchacha no le ha visto salir del centro médico; después se estremece, siempre lo hace cuando sin quererlo imagina que su enfermedad es conocida y seiscientas cincuenta mil personas le linchan en los comentarios, refregándole por la cara el fracaso de su supuesta teoría fundamental de la vida o, peor aún, le acusan de falta de perseverancia, decisión, compromiso, paciencia, todas esas supuestas debilidades con las que tanto ha machacado a desconocidos.

Después imagina cómo sus ingresos desaparecen, ¿y por qué no también sus ahorros? La posibilidad de que alguien pueda reclamarlos aduciendo que son fruto de la mentira le invadió ya hace meses y, aunque está convencido, a un nivel racional, de que si no imposible es muy difícil, no puede dejar de pensar en ello.

Continúa haciéndolo mientras recorre la ciudad, camino de una reunión con unos especialistas en organización de eventos, con la esperanza de que esta sirva para desatascar definitivamente la consecución de permisos para uno de sus actos lúdico-deportivos. Aunque el lugar de la cita está bastante lejos, el hombre que ha perdido la salud va andando, porque también defiende que el caminar es el ejercicio al que mejor responde el cuerpo humano, que la mecánica, toda ella, de esa máquina biológica está diseñada para básicamente avanzar hacia adelante poniendo un pie después del otro, y que esta acción, de entre todas las prácticas deportivas, es la que ofrece más beneficios a sus practicantes.

Sus caminatas populares están teniendo bastante éxito, solo hay que mirar el número de inscritos y las camisetas vendidas; sin duda es su actividad favorita —más que las recetas de cocina, los cosméticos naturales o los ejercicios de relajación—, es como le gustaría que le viera su público: como caminante entregado, un hombre que sube montañas y recorre riberas solo por el gusto de hacerlo y de arrastrar a otros en estas singladuras.

Su community manager repasa los videos junto a él y hace caras raras en según qué momentos para, tras la sesión, con una serie de circunloquios —no es su intención llevar la contraria a su cliente—, acabar afirmando que cuando habla de sus paseos parece relajarse demasiado, que ha de recordar que su fama no proviene solo del contenido de sus publicaciones, sino sobre todo de la forma en que las expresa; que este rebaño que ha decidido interesarse por sus opiniones lo que adora es el tono de sus pláticas, un tono indicado para quien, desde lo alto de un pedestal o un púlpito, señala sin mostrar ninguna duda quiénes serán los elegidos y quiénes no, guardando muchos recados para estos últimos, ninguno agradable. El hombre que ha perdido la salud, a su pesar, tiene que reconocer que el sonsonete de regañina constante ha acabado ocupando la banda sonora en todos sus videos. ¿Cómo ha llegado a pasar? Cómo, no lo sabe, pero el cuándo lo tiene bien delimitado: el personaje comenzó a crecer al mismo ritmo al que aumentaba su repercusión entre el público.

Vuelve a grabar los diálogos de su intervención, intercala esperas en las que parece aguardar respuestas que por anticipado parece que no le satisfarán. El resultado es mucho mejor, opinan todos, un todos que incluye al community, al operador de cámara y a él mismo.

Ha salido a la calle y a los pocos pasos su cabeza se ha vuelto a llenar con la cuestión del dinero. Le ha cuesta tanto hacerse con unos ahorros. No tenía un objetivo para ellos, simplemente le gustaba saber que estaban allí; en su mente, como nunca había tenido nada, era un cambio, uno bienvenido. El dinero, ¿cómo puede parecerle más importante que la salud, que la vida? ¿Cómo es posible? Ha acabado racionalizando que, frente a la posibilidad de perder el dinero, puede trazar planes para intentar impedirlo. Contra la otra posibilidad, la pérdida de la vida… no, no es capaz de manejar eso, y así ha decidido arrinconarlo. No, no es nada que haya decidido, es más algo que sabe hacer su cerebro por sí mismo, igual que respirar.

—¿Es esto cierto? —pregunta al espejo, pero, claro, la imagen no le contesta y el hombre que ha perdido la Salud —Salud, con mayúscula— se siente un poco decepcionado. Sería fantástico que la imagen le contestara; o mejor aún: asomarse a la ventana y ver flotar grandes cardúmenes de peces entre los edificios y que el sol fuera verde, eso sería la confirmación de que su realidad se estaba dislocando por momentos; lo hace, pero de una manera que no le satisface. El acto de extinguirse tendría que tener un poco más de drama. Morir debería ser un acto operístico en que el finado fuera el centro del escenario, y este uno grandioso, pero él solo se siente como retirado hacia un extremo, donde las luces se van amortiguando tan poco a poco que cree que cuando salga del escenario ya antes todo el mundo le habrá olvidado. ¿Esto debería transmitirle alguna enseñanza?, ¿una conclusión de significado cósmico? Puede que lo haga, solo que él no es capaz de apreciarrlo.

El hombre que ha perdido la salud hace cola para pedir un bocadillo y un refresco en la barra de una cafetería; ambas cosas las tiene totalmente prohibidas a sus más de seiscientos cincuenta mil seguidores —por el contenido en sal del sólido, y no recuerda exactamente por qué el líquido, quizás por los carbonatos disueltos en él—. Mientras espera se pregunta si su gesto es de rebeldía o un intento de suicidio, pero se lo pregunta poco: su cerebro encuentra la cuestión demasiado pesada y se distrae con el aspecto apetitoso, tras el cristal, de todos los comestibles que ofrece la cafetería.

El médico que hoy atiende al hombre que ha perdido la salud le pregunta cómo se encuentra. La pregunta, a juzgar por su reacción —se queda en blanco—, debe parecerle muy complicada; solo es después de un silencio de tres o cuatro segundos que contesta: «Bien»; aunque tanto él como el médico saben que es una mentira. No, no se encuentra bien, tampoco específicamente mal —la cantidad de medicamentos que toma con regularidad se ocupa de ello—. Él cómo se siente es ligero, vaciado, siente que la gravedad apenas puede retenerle. Podría explicar que se nota —como en un sueño recurrente que le visita noche sí, noche no— aferrado a un pasamanos, temeroso de que el viento, o algo que no sea el viento pero se le parezca, llegue y se le lleve con él. Podría explicar eso y también la sensación que crece en su interior de que es inútil continuar aferrándose y que casi sería mejor dar el paso. Pero no dice nada de esto, solo dice que se encuentra bien y después tanto él como el médico suspiran aliviados.

Cuando el hombre que ha perdido la salud sale de la consulta —con nuevas recetas en su cartera y más consejos que ha decidido no seguir—, de entrada no sabe qué hacer, a dónde dirigirse; esto le pasa de continuo. Cuando admitió su estado pensó que sería conquistado por nuevas o quizás viejas urgencias, que se vería impelido a emprender o retomar tareas, algunas de las cuales puede que no fuera consciente de que existían, pero estarían allí. Incluso un día se sentó en la mesa de la cocina ante una hoja de papel pautado e intentó escribir una lista de las que podían ser estas, pero no se le ocurrió nada que realmente sintiera pendiente en su vida. El hombre que ha perdido la salud nunca esperó mucho de ella, por lo que todo lo que ha recibido le parece suficiente y a la vez irrenunciable. Algo en su interior le dice que bien está pensar esto.

Apunta en su dietario, con un rotulador rojo de punta media y una clave que consiste en solo iniciales, sus próximas citas. Mientras garabatea sobre el primer miércoles del próximo mes se recuerda que durante mucho tiempo, en un antes no tan lejano, no había necesitado llevar una agenda ni nada por el estilo. ¿La causa? Por un lado, su ocupación había acabado siendo una sucesión de inmediatos en los que no cabía posponer o programar y, por otro, tenía bastante memoria y con una mera nota mental solía tener suficiente para no fallar en sus compromisos; pero ahora esto ya no es así. Intenta culpar del hecho al tener tantas citas, tan seguidas, con diferentes especialistas médicos, aunque la realidad es que su mente ha decidido sistemáticamente olvidar ciertos asuntos, como si no le atuvieran, cuando estos deberían serle de lo más prioritarios. El hombre que ha perdido la salud mira su calendario y comprueba que en realidad no tiene nada que hacer en la esfera de la salud, su salud, en los próximos diez días y decide continuar con sus ocupaciones, como si nada pasara, lo mismo que ha estado haciendo en el último año. Por eso ahora lo que hace es tomar una pastilla y acostarse.

El hombre que ha perdido la salud sueña que está muerto, que ha dado el último paso durante la noche y que ha puesto el punto final a su vida y que esto es bueno, importante y le hace sentir gratificado. Cuando el deseo de orinar le obliga a despertar, es un desengaño saberse vivo todavía. Al rato, sentado en la butaca baja de su dormitorio, alarga el tiempo antes de volver a la cama dejando pasear la vista por las paredes, deteniéndose aquí y allá en detalles ínfimos. El sueño que ha tenido se ha ido y a la vez le está extrañamente presente, sobre todo la sensación de finitud, de llegar al fin del camino. No le es extraña esa sensación; después de todo, él es un caminante. Es entonces cuando toma la decisión y vuelve a la cama, donde relajado se duerme casi al momento.

El hombre que ha perdido la salud aparca su coche cerca del lugar donde piensa comenzar una caminata en dirección a cierto monasterio que sabe allí, a media falda de la montaña, aunque desde este punto donde está ahora es invisible. Ha preparado con sumo cariño la bolsa con sus útiles de excursionista y de reportero de sí mismo, porque esta crónica la sabe la última. El hombre que ha perdido la salud ha decidido simular perder pie en alguno de los tramos más dificultosos del camino. Espera que todos crean que su muerte será un accidente, un ataque por la espalda de La Parca, que no gusta de ser desafiada.

Ahora se encara a sí mismo con la cámara, respira hondo y suelta con su tono de amonestación algo por el estilo de que se dispone a emprender un camino y que el descubrimiento paso tras paso de la senda es un valor en sí mismo, y que todos los que se quedan en casa sentados frente al ordenador no saben lo que se pierden. Está totalmente convencido de ello. Se nota en la grabación. Es un tan adecuado epitafio. Guarda con cariño la cámara en lo más profundo de su bolsa; no quiere que esta, su última intervención, se dañe por ninguna circunstancia.

Cuarenta minutos después, mientras se desploma hacia el vacío, durante esos largos segundos, sufre la revelación de que siempre ha estado equivocado; a lo que no llega, antes de impactar con el suelo, es a adivinar en qué.