La Primavera
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| La Primavera -Fragmento- Boticelli |
Un ruido hiriente pasó por encima de sus cabezas, como aviso de que el monaguillo del predicador había conseguido volver a arrancar el sound system. Reverberaba aún el aullido en sus oídos que aquel ya había retomado su sermón, justo donde lo había dejado hace tres minutos.
—Ella llegará, nuestras heridas serán sanadas, nuestros pecados perdonados. La vida siempre se abre paso, siempre lo consigue. ¡No os interpongáis en el camino de la primavera!, no lo hagáis.
El predicador aparta el micrófono de su cara redonda, negra y sudada para dirigir una mirada suplicante al público que han arreado hasta frente al estrado los reclutadores. Es una congregación suavemente indiferente, dedicada sobre todo a masticar su ración, pero él no se rinde; puedes verle tomar aire, llenarse de la gracia, recordar que en realidad a todos les atrae primeramente el hambre. Que él está allí con la ayuda del tiempo y la suerte para despertar la fe.
—Quisiera creerle —dice el joven mientras hace un mohín que quiere significar todo lo contrario.
—Todos queremos hacerlo —acepta el viejo.
—El hambre te hace crédulo.
Opina el joven, antes de amasar con los dedos un tanto la pasta que queda en su cuenco hasta hacer una bola, llevársela a la boca y masticarla con satisfacción.
—Odio la harina de grillo.
—En realidad no son grillos.
—Más a mi favor.
El predicador vuelve a sermonearlos; la forma de su plática ahora es una sucesión de preguntas de las que espera respuesta, aunque sus oyentes no parecen muy predispuestos a participar en el diálogo, eso al menos hasta que los reclutadores comienzan a animarles con miradas ceñudas, mientras llevan las palmas de sus manos a las culatas de sus armas. Es buena táctica, rápidamente consiguen que unos pocos Amén y Aleluya rellenen el silencio. Una veintena de intercambios después, el predicador deja caer su cabeza y se queda mirando al suelo. Los reclutadores se adelantan; solo con el gesto consiguen levantar a los espectadores y, como un rebaño poco obediente, los llevan hacia la zanja, donde relevan a un grupo e inmediatamente se ponen a cavar.
—Estos tipos no regalan nada.
—No te quejes y mide tus fuerzas.
La capa de arena apelmazada se extiende hasta unos quince codos bajo tierra, cada vez más compacta y resistente; los últimos tres codos cambia de color y adquiere una consistencia parecida a madera blanda, lo que la hace fácil de trabajar —con escarpas, parpalinas y sierras— en forma de losas o adoquines, aunque esto durante muy poco tiempo; en contacto con el aire la amalgama reacciona y se endurece rápidamente. Por debajo de los quince codos el depósito engorda y ya no se la puede llamar arena, se transforma en una grava redondeada que ya no cuaja y que otros equipos cargan en cestos y se llevan a otros puntos de la obra. Puede que la grava continúe capa tras capa hasta el centro de la tierra; nunca se escava más abajo de los dieciocho codos.
El dormitorio común es cálido; duermen sobre un suelo de arena fina que se rastrilla y se reparte con cuidado cada día. El joven está cansado, no tiene muchas ganas de hablar, aunque debe hacerlo, plantear la pregunta.
—¿Mañana continuamos?
—No lo sé, ahora estoy cansado, me es difícil pensar.
—Creo que…
Una voz interrumpe su reflexión; cantando números, el furriel ha atravesado el umbral del dormitorio. ¿Hoy es un tercer día para ellos dos también? ¿Lo es? ¿Tan deprisa pasa el tiempo?
No, no lo es. Aunque sí que hay una tarjeta plástica para el peón tumbado a su lado. El furriel ha cantado el número con buen humor; según le estaba entregando la pieza el otro le ha hecho lo que ha parecido una pregunta; el furriel ha alzado las cejas y ha asentido. El peón ha arrugado la nariz, ha metido la mano entre sus ropas y ha sacado el extremo de un collar del que cuelgan muchas tarjetas. En vez de colgar la nueva entre ellas escoge dos más y se las entrega al furriel, que hace un sonido admirativo dirigido a los espectadores y se las cambia por una pieza más pequeña, más gruesa y de otro color, que el otro se afana en enhebrar, para después darse la vuelta, arrebujarse en su nido e ignorar a todos.
—Tiene muchas cuentas, muchas. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?
—El necesario.
—¿Para qué quiere tantas cuentas?
—No quiere irse. Cuando tenga las suficientes… hará algo.
—¿El qué?
—¿Comprar un cubículo? ¿Criar grillos? Pregúntaselo.
—Tampoco me importa tanto. ¿Se quiere quedar? lo veo bien. Yo quiero irme, regresar. ¿Has cambiado de opinión?
—No, unas jornadas más, desempeñaré mis cosas, llenaré mi zurrón de harina de grillo y me iré al Norte.
—Yo, también. Volveré al Norte. No importa lo que quede allí.
La cara sur de los bancales tiene poco más de un codo de alto y medio de ancho, la norte tiene cuatro codos de alto por cuatro codos de ancho; la idea es que la gruesa pared absorba la máxima radiación solar posible durante los breves días y que devuelva el calor durante el resto del tiempo. Se cultivan rábanos, coles y ruibarbo en ellos y muchos tipos de hierbas aceradas, de las cuales no conocen el nombre, que segadas pasan a los cojines de fermentación donde sirven de alimento a los hongos y estos a los grillos, principal fuente de alimento de los hombres en estos días duros.
—Una vez intenté cruzar el gran vacío, no lo conseguí.
—¿Tú solo?
—Éramos un grupo grande, nos guiaba un tipo pequeño y seco que decía saber desenvolverse en aquel ambiente; su padre, su abuelo, quien sea, era bosquimano. Mientras estuvo vivo la verdad es que nos fue bien, no nos lo parecía en el momento, lo descubrimos al regreso. Ya lo creo que lo descubrimos.
—¿De dónde eres?
—De ***.
—Eso no está en el Norte.
—No.
—¿No quieres volver a ***?
—¿Has visto el color de mi piel?
—¿Qué le pasó al guía?
—Un perro, salió de la nada, le embistió y luego huyó. Era un perro pequeño, con una hoja en el dorsal. Casi lo partió por la mitad. Creo que llevaba días observándonos; eligió su objetivo y después se marchó confiando en que el sol, la calor, acabara con el resto de nosotros.
El hombre que no quiere regresar a *** toma un tanto del pote de mermelada que los hombres están compartiendo, ajusta la tapa y la pasa al hombre de su izquierda. Este contempla el líquido espeso y oscuro; sin probarlo se lo pasa al siguiente.
—¿No bebes?
—No.
—¿Por qué?
—¿Cómo preguntas esto? ¿Un hombre no tiene derecho a beber o a no hacerlo sin tener que dar explicaciones?
Chispas anda enfadado; Chispas es volátil, Chispas está loco, un cable le dio demasiado fuerte una sacudida una vez. No hay que hacerle mucho caso.
—Después de beber a muchos les da por darlas.
—Eso puede ser peor.
—Siempre puedes no escucharlos. Escucha, el tipo aquel, vuestro guía, ¿qué hacía y no hacía para desenvolverse en el vacío?
—Le rezaba al contenido de una bolsa que llevaba colgando del cuello.
—¿Solo eso?
—Que pudiera entender, sí.
—¿Piensas volver a intentarlo?
—…
