Nada es para siempre
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| Gigi |
Pese a que el autor, yo, tiene poca fe en los medios tradicionales, consideró casi un deber cívico poner en conocimiento del público el secreto a voces del hundimiento del mercado del diamante. Ninguno de los pasquines a los que se dirigió le pareció interesante su aportación. Su prosa debe ser espesa como un ladrillo, eso o todos los responsables de dichos panfletos guardan en un cajón un collar de la abuela que esperan saldar antes de que sea vox populi.que estos vidrios ya no valen -casi- nada
Tengo un segundo de estrés cuando la factotum del presi, la señorita María, de apellido tiro-de-todos-los-hilos, entra en mi despacho. No porque sean las diez de la mañana, mi mesa esté limpia y mi ocupación sea leer el periódico en el ordenador. Es porque no llevo puestos los zapatos —son nuevos y me aprietan— y el encontrarme descalzo en un momento en que no debo estarlo me ha provocado un cierto déjà-vu, un momentáneo retorno a casi pesadillas adolescentes. Se me pasa enseguida, justo cuando comienza a darme ordenes.
—¡Suerte que le encuentro! —aquí hace un silencio que significa que siempre estoy zascandileando por ahí, luego prosigue—, tengo una tarea para usted, habrá de calificar una aspirante.
Me sorprende, ¿yo calificar a alguien?, ¡a quién se le ocurre?
—¿Una aspirante a qué? —pregunto.
Miss X, otro de sus motes, busca entre los papelotes que lleva en la mano uno en especial y en esté un dato que se le escapa, hasta que le presta mucha atención al pósit, que acompaña el documento en la parte superior y parece encontrarlo allí.
—A meritoria, en el departamento de diseño. Tiene una casi doble titulación, en Bellas Artes y Gemología.
—No estoy calificado para determinar la validez de nadie para un puesto, semejante.
X pone cara de perder la paciencia conmigo, no consigue acostumbrarse a que por su cercanía al presi yo no tiemble en su presencia.
—Lo sé —hace una pausa, esta para que quede claro como desprecia mis pobres calificaciones—, es algo protocolario.
—No creo que pueda haber nada de protocolario en el admitir alguien en La Firma.
Lo digo con un tono que gasto exclusivamente con ella, uno de maestro decepcionado porque una estudiante brillante simultáneamente sea tan burra.
—Mire, solo es la hija de alguien, ¿entiende?, estará con nosotros este verano; solo compruebe que no está loca.
Y me tiende el único papel en que consiste la documentación, aunque tiene cuidado en quitarle el pósit y guardárselo. Sujeto con dos dedos el folio, como si estuviera sucio, muy lentamente me recoloco las gafas y simulo examinarlo con detenimiento, ella comienza a hacer el gesto de marcharse pero yo, sin mirarla, le digo ¡Espere!, y es lo que le hago hacer, quedarse plantada frente a mi mesa mientras releo la hoja. Ella se cansa.
—¿Necesita alguna aclaración?
Hago un gesto que no significa nada, cuento hasta cinco y después le hago otro gesto, el de que ya se puede ir. Lo hace bruscamente. Esta muchacha me odia; yo a ella… no sé, la verdad, casi que me divierte el impedir que me pase por encima. Tengo poco que hacer.
Elisa tiene veintitrés años y desde luego es hija de alguien, si no no se presentaría con unos pantalones tan cortos a una entrevista de trabajo, o a lo mejor sí y yo soy un dinosaurio machista. Es posible, cada vez entiendo menos el mundo. Ella está en el último año de Bellas Artes y ha conseguido sacar de alguna parte tiempo y la recomendación para ya haber hecho el posgrado de Gemología. Está encantada de enseñarme sus diseños, son como los de todos los jóvenes, formas naturales llevadas al metal, mariposas de esmalte, hojas de hiedra trenzadas, no son feos, tampoco originales, no tienen recorrido, el público al que van dirigidos se gasta el dinero en móviles y en viajar. Claro que no se lo digo, puedo estar equivocado, no estoy en Marketing.
—Muy delicados…
Ella sonríe satisfecha, yo pienso en cuanto me falta para irme a casa, ¿qué hago ahora?, ¿cómo puedo cumplir el expediente?
—Repasemos sus conocimientos técnicos, ¿le parece? Hábleme de los diamantes.
Es lo primero que me sale preguntar, es de lo único que más o menos sé algo, a ella se le abren los ojos, creo que es una asignatura que tiene preparada, que se sabe.
—¿Qué
le gustaría que le contase?
—Empiece
por el principio, por favor. ¿Qué es un diamante?
—Un alótropo del carbono de estructura…
—Perdone, acláreme qué es un alótropo.
—Es cada una de las formas moleculares en que un mismo elemento químico puede presentarse, según como están ordenados sus átomos presentará diferentes propiedades físicas y químicas.
Simulo puntear una línea imaginaría en el papel, y después le pido que me ponga un ejemplo.
—Alótropos del carbono son el grafito y el diamante.
—En qué se diferencian.
—La estructura del diamante es que cada átomo se une a otros cuatro en una estructura tetraédrica, el grafito se organiza en láminas hexagonales, por eso uno es muy resistente y con el otro se hacen los lápices.
—Me es difícil de visualizar, ¿podría darme una descripción más… masticada?
Ella alza un tanto las cejas, debe estar dudando entre si soy un burro rematado en estos temas o la cuestión, transmitir la información a un neófito, es parte de la prueba. La verdad es que las dos cosas podrían ser ciertas.
—Un tetraedro es una pirámide de base triangular, el diamante está construido de montones de ellas, diminutas, pegadas unas con otras. La argamasa que las une, los enlaces covalentes, son muy fuertes, fuertísimos, eso le da gran dureza. El grafito se agrupa en estructuras hexagonales, imagine paneles de abejas sin prácticamente profundidad, ¿puede imaginar una lámina compuesta por hexágonos?
—Sí, puedo hacerlo. Un algo como la malla de un gallinero.
—Ahora apile multitud de estas mallas una sobre otra, conseguirá algo que sin mucho esfuerzo recuerda a un taco de hojas de papel, un conjunto muy resistente a las fuerzas que le lleguen en unos sentidos y pero a otras las capas de celdas se deslizan unas sobre las otras. Este es el motivo por lo que un lápiz va dejando un rastro en el papel.
—Y eso significa que el grafito es blando y el diamante muy, muy duro, ¿no?
—Es la materia más resistente de la tierra.
Punteo en mi papel, aunque está equivocada, o no. Hilando fino, hay unos pocos, bastantes, materiales sintéticos de mayor dureza, y de naturales, pues tenemos la lonsdaleíta, un capricho cósmico que se produce cuando un meteorito choca contra la tierra, si contiene grafito, o impacta contra un depósito de este, el calor y la presión brutal e instantánea crea un material que conexiona estructuras tetraédricas y hexagonales, una amiga mía la llama el diamante cabreado. Y, claro, no olvidemos que también tenemos el nitruro de boro de Wurtzita, un material muy poco comercializable, de entrada te hace falta un volcán en erupción para crearlo; es más barato y sencillo crear carburos metálicos, ahora mismo en cien hornos de todo el mundo están haciendo brocas y sierras para cortar aceros con ellos.
Y puestos a hilar aún más fino, ella ha dicho resistente, no es la palabra adecuada, los diamantes son duros, no resistentes. Los diamantes son capaces de rayar —y por lo tanto con tiempo y dedicación cortar— cualquier otro material, pero le arreas a una gema con un martillo y la haces polvo, cosa que no pasa con un taco de goma, ¿no? Entonces, ¿qué material es más resistente?
Sonrío y asiento, mientras me pregunto ¿por qué le busco la vuelta a sus palabras? Estoy enfadado con esta muchacha, con esta listilla, ¿pero por qué?, ¿le tengo envidia?, ¿de su juventud?, ¿de sus piernas largas?, ¿de las vacaciones que se pegará cuando acabe su meritoriaje en La Firma? Sí, o no, solo es que tengo hambre, es la hora de mi tentempié y estoy aquí haciendo lo que nadie quiere hacer. Lo de siempre.
—Por mí es suficiente, está usted muy preparada; pasaré el informe a Personal.
Ella intenta sacar de mí respuestas que no tengo, ¿cuándo?, ¿cuánto?, ¿cómo?, pero yo me escudo tras mi sonrisa y la despido. Cuando la veo marchar vuelvo a leer su nombre, el apellido me suena, había una familia de financieros que se llamaban así, dinero viejo, viejísimo. ¿Ella pertenece a la saga? Qué importa, vete a almorzar, a almorzar.
Lo intento, pero Stavros me ha tendido una trampa en el vestíbulo de los ascensores; es un lugar peligroso, el equivalente a la charca donde los animales se acercan a beber y a masticarse los unos a los otros si surge la oportunidad.
—¿Entonces qué? —pregunta.
—¿Qué de qué? —contesto.
—No te hagas el despistado, tú lo sabes.
—¿Qué es lo que se supone que debo saber?
—Si la división desaparece, se reduce, se transforma, si… ¡Odio cuando te haces el loco!
—Siempre te imaginas que tengo más mano de la que tengo.
—¿Me lo imagino? Te han dado el encargo de reestructurar el departamento, ¿cuál es el plan? ¿Echar a los senior, cubrir las vacantes con becarios y liquidar? ¿De quién es el plan, tuyo o del viejo?
—Yo no tengo ningún plan, solo pasaba por aquí y…
—Pensaba que éramos amigos.
¿Lo somos?, ¿tengo algún amigo en la selva de moqueta? Stavros me está manipulando, todo el mundo intenta hacerlo, en mi planta, en toda La Firma, quién sea que me pone la vista encima piensa que soy la pieza a abatir, a veces por un motivo, a veces por otro. Seguro que tienen razón.
—Stavros, no tengo ninguna información.
—Que puedas darme.
—No, ninguna, soy lo que he sido siempre: un adorno, sea lo que sea ya está decidido. Y mira, ya que lo dices, creo que soy un reclamo, me envían a campo abierto y esperan a ver quién se pone nervioso.
Es tan retorcido que puede que sea verdad, Stavros lo sabe, yo lo sé.
—Vale, me lo trago. ¿Me darás cinco minutos de ventaja?
—Si me entero, lo haré, pero no pasará.
—¿El viejo no se sincerará contigo?
—El presi no conoce el significado de la palabra sinceridad.
Por un momento pienso que se pondrá a llorar o me dará una hostia, después asiente y se encoge de hombros simultáneamente y me deja con la sensación de que he engañado a un amigo. Qué cosa tan estúpida, sentir estas cosas son las que han arruinado mi carrera.
Solo en el ascensor me hecho a reír, ¿carrera, qué carrera? Yo no tengo carrera, solo soy un mueble antiguo y lustroso, uno que se ha ido arrinconando más al fondo del local según este ha cambiado de dueño. Mi gran baza era que sabía jugar al tenis, mi revés liftado es lo que me hizo conservar el trabajo. Ahora ya nadie juega al tenis.
Acabo de regresar a mi madriguera y a volverme a quitar los zapatos —son bonitos, nuevos y duelen, ¿lo había dicho ya?— que la señorita X otra ves asoma la cabeza por la puerta.
—El señor presidente quiere que se una a nosotros.
En qué, ¿en un aquelarre?, ¿una partida de parchís?, ¿una jam session?, a saber. No le pregunto, no me daría una respuesta, le gusta hacerse la misteriosa, se lo hace demasiado y se le nota. Siempre parece tan furtiva que no consigue evitar que todo el mundo siempre la esté vigilando de reojo.
—Ahora iré.
—Ha dicho ahora.
—El ahora es un concepto difícil de fijar, ¡ahora!, ya ha pasado, ¿lo ve?
—¿Se cree gracioso?
—No, no me pida que le cuente un chiste, cuando alguien lo hace… me quedo en blanco.
—¿Qué quiere que le diga al señor presidente?
—¿No lo entendió la primera vez?, que voy ahora.
X refunfuña y se larga con viento fresco, yo suspiro cuando lo hace, me pongo los zapatos, la chaqueta, me enderezo la corbata y subo al último piso.
La puerta de la antesala —allí donde la señorita X tiene su mesa y, supongo, sus instrumentos de tortura— está abierta, la del fondo, la que da al despacho en sí del presi está solo ajustada. Ella asoma la cabeza y me hace el gesto de que vaya hacia allí. Un murmullo de conversaciones se detiene un instante cuando entro, el despacho está oscuro, solo iluminado por el contenido de la gran pantalla, por una vez no es un gráfico de quesitos lo que la ocupa, sino lo que sin duda son notas manuscritas, una agrupación caótica de símbolos químicos, y curvas que retratan el hundimiento de la relación bidimensional entre precios y oferta o precios y demanda, seguro. Según se me acostumbra la vista a la penumbra distingo que en los primeros puestos de la reunión, los más cercanos a la pantalla, hay una docena de tipos lívidos —el dire de ventas, el consultor de no sé bien que, el gurú de la calculadora... más unos pocos miembros de sus cortes—, mirando alternativamente al gráfico y al tipo bajito y despeinado plantado al lado con un puntero láser en la mano, que reconozco como un técnico muy técnico, puede que el pope de control de calidad —no sabía que le dejasen salir del sótano—. Todos parecen esperar algo, ¿era a mí? No, suerte, es a dos prima donnas del departamento de ventas que acaban de entrar, según lo hacen Miss X cierra la puerta, ¡con llave! Y el tipo del puntero, carraspea y comienza su exposición.
—Por indicación de la dirección les daré una serie de informaciones técnicas, una visión muy somera, sobre la historia de los sucedáneos de uno de los productos que hasta ahora hemos tenido en nuestro catálogo y como algunos ya saben va a salir de él.
Esta última afirmación parece dirigida especialmente a los tipos de marketing que asienten tan efusivamente que te planteas si están sufriendo algún tipo de ataque epiléptico.
El tipo señalando en la pantalla las anotaciones manuscritas, posiblemente hechas por su misma mano, comienza a dar explicaciones sobre las diferencias entre lo que es el circón —un pedrusco natural— y la zirconita cúbica —un material sintético, creado por la oxidación de aquel—. Cuando comienza a explicar el sistema para conseguir la oxidación esta —un algo curioso llamado fusión en crisol frío, que se consigue bombardeando con radiofrecuencias un envoltorio del mismo material, porque, ojo al dato, parece ser que cualquier otra cosa se fundiría incapaz de contenerlo durante el proceso—, noto que me pellizcan el brazo. Es la señorita X, que se me lleva con ella hacia el rincón más alejado y más oscuro de la sala, justo donde el presi parece haberse acantonado a masticar agravios, y me deja junto a él allí.
El tipo de Calidad está enumerando los problemas que tiene el circón —básicamente: es blandito—, después los de la zirconita, que son que pesa demasiado, conduce el calor de forma pésima y el peor de todos: es barata, consecuencia de que aunque suene complejo lo del crisol frio es fácil de fabricar. En La Firma no nos gustan las cosas baratas. Somos así de exclusivos.
El tipo de Calidad ha cambiado la proyección, ahora está hablando de la moissanita, es de mal gusto mencionar las moissanitas en La Firma, una vez… se supone que nos endilgaron un saco de ellas. Es tal el trauma que en realidad no sería necesario que explicase nada sobre ellas, hasta en correo interno saben que es carburo de silicio, un algo que existe en la naturaleza pero es raro. Quien limpia los lavabos —quien mejor hace su trabajo en este antro— sabe que se consigue por un proceso de sublimación, se calienta polvo de silicio y carbono hasta 2.500 grados que es cuando se convierte en gas y luego se condensa en cristales. Brilla la mar de bien —mejor que el diamante, pero comentarlo es una anatema, uno más— y tiene una estupenda conductividad térmica. Todos los aparatejos que tenían los joyeros para detectarlas y que no se las colaran como diamantes quedaron obsoletos de un día para otro, se tuvieron que inventar cacharritos que midiesen la conductividad eléctrica para poder detectarlas, un gasto importante, aunque aquí triunfamos, fuimos socios de la joint venture —encabezada por una empresa israelí, una de las mil caras de De Beers— que se creo para fabricarlos. Hasta hicimos un dinerito.
—Hasta ahora —continúa el señor Calidad— tengan claro que hemos estando hablando de imitaciones, materiales que, con mayor o menor éxito, parecen lo que no son, en el siguiente escalón no encontramos con algo que es lo que dice, solo que su origen no es el que al cliente le han inculcado que le debe dar valor.
Me doy cuenta que lo que está explicando ya me lo sé, que todo está contenido en los papers que van apareciendo en mi bandeja de entrada y en la de todos los demás tipos que asisten a la reunión. ¿Soy el único que se los lee? No, desde luego. ¿Entonces que hacemos aquí? Comprendo que estoy asistiendo a una ceremonia, la del reconocimiento de la realidad, hasta hace nada por elección La Firma ha vivido de espaldas a ella, hoy es el día de la aceptación. Lo dicho, Calidad se pone a hablar de procesos HPHT, alta presión, alta temperatura, solo que lo hace en una manera muy retorcida y yo me la resumo para mí mismo: colocas una semilla en el interior de una amalgama de metal fundido y esta dentro de una prensa del tamaño de un edificio de cuatro plantas sometiéndola a una presión brutal —la nota de la pizarra dice que de 5 a 6 Gpa, no recuerdo qué significaba Gpa, ¿diez mil atmósferas?, es posible—. Sí que puedo decir que los diamantes salían amarillentos y que De Beers inventó un maquinón totalmente fuera del alcance de los minoristas, que detectaba patrones de fluorescencia que solo eran posibles que la gema los tuviera si su crecimiento hubiese sido el habitual, millones de años de presión bajo la corteza terrestre.
Otra cosa que tenían estos vidrios es que sí, tendían a ser amarillentos, por el contenido de nitrógeno, pero hay amarillos feos, y amarillos bonitos, corrían ya antes por ahí piedras totalmente naturales que también lo son de amarillas, los llamados canarios; sí, como el pájaro cantor. Hubo un momento que pájaros de estos inundaron el mercado, solo que no sabían cantar. Otra utilización del sistema era mejorar el color de diamantes brown o cognac,durante un tiempo la cosa fue un secreto y israelís listos fueron dando el palo por ahí a pardillos, en está no nos pillaron.
Calidad se pone serio, va a darnos una mala noticia, esta se llama CDV, deposición química de vapor, de esta técnica solo conozco poco más que el nombre. La explica mencionando muchos datos técnicos, yo saco la conclusión de que es una especie de conjunción de las técnicas anteriores: a una semilla, una lámina de diamante, encerrada en una cámara con metano se le mete un golpetazo importante de microondas, los átomos de carbono llueven sobre la semilla y el diamante baby crece capa sobre capa desde el nivel atómico. Con las debidas distancias es la misma técnica que se usa para manufacturar grafeno, nanotubos y todos esos materiales que iban a hacer de este un mundo mejor.
El tipo de la calculadora no puede mantener la boca callada y hace una pregunta de la que todos en la habitación, hasta él, sabemos las respuesta:
—¿Realmente es indistinguible de uno natural?
—Sí.
Los murmullos llenan la sala, más gentes comienzan a decir cosas, pero el presi me ha cogido del brazo y se me ha llevado con él, por una puerta que no sabía que existía, fuera de la sala.
Hemos acabado en la escalera de incendios, en nuestro edificio salta la alarma si te equivocas de puerta e intentas usarla, o sea que estar aquí, ahora, es un pequeño milagro. El presi continúa tan sordo como siempre, así que interpreto el que no se desgañite, que me hable con un tono casi normal, en como que me está haciendo confidencias.
—Ya ha escuchado a… ¿cómo se llamaba?
—Rojales, Ernesto Rojales, aclara la señorita X que se ha materializado a nuestro lado.
—Rojales, sí, Rojales. El producto está muerto, absolutamente muerto, ¿no está de acuerdo?
—Lo estoy, señor presidente —no es peloterio, es la verdad.
—Es un secreto a voces, solo que la inercia, la inercia del mercado se va a llevar por delante a todos los idiotas que no se adapten rápidamente.
El presi cambia de cara, de golpe me parece un bicho muy rencoroso y taimado.
—Vamos a simular que somos uno de estos y a montarle una trampa a Yash Patel, usted va a ser el cebo, ¿está dispuesto?
—Siempre lo estoy, a sus órdenes, señor presidente —que remedio.
—Pues venga, Yash Patel le espera mañana en Dubai. Vamos a cobrarnos lo de las moissanitas —dice mientras enseña los dientes.
Yash Patel cuando se ha dado cuenta que solo estoy yo en la suite ha clavado su mirada en mí dos segundos antes de preguntar por el dire de compras. He puesto mi mejor cara de asombro antes de preguntarle si no está al caso que aquél, en el último momento, ha tenido un problema familiar y se ha quedado en tierra.
—En tierra…
—Sí, ¿nadie se lo comunicó? No me parece educado, me disculpo si…
—No, no, es posible que no hayan conseguido me… contactar, ¿se dice así no?, contactar. Hace nada todavía estamos volando.
Yash Patel habla mal todos los idiomas, yo no, pero los que hablo lo hago igual de mal, si durante una negociación te metes en un aprieto te puedes limitar a sonreír y abrir mucho los ojos, a girar un poco la cabeza para acercar una de tus orejas a tu interlocutor, como si fueras un poco sordo o tonto, o las dos cosas; el fin es transmitir que no has entendido algo sin reconocerlo, poder asegurarlo después. No digo nada más sobre la cuestión de que el dire no esté presente, aunque me doy cuenta que esta circunstancia le ha mejorado el humor espectacularmente. No sé si es porque me he vuelto un lince a la hora de sopesar el estado de animo de tipos con la moral de una serpiente o él está en horas bajas. Ahora le brindo sentarse a la mesa de reuniones o de banquetes de la suite, un algo enorme y transparente, y le ofrezco algo para beber —¿agua, té, un refresco de mango…?, hay cien cosas diferentes en la nevera, muchas no se que son—, él acepta un agua. También se la ofrezco a los dos sobrinos que le acompañan, el más grande no parece escucharme, el otro más delgado, el que tiene un aire de familia más inequívoco, sí que me escucha, solo que no me contesta, ocupado en apretar los dientes y en demostrar el desagrado que le produce el que solo esté aquí un lacayo como yo para dejarse engañar. Estos tipos me desprecian; no es algo personal, los tres desprecian a cualquiera que consideren que está bajo ellos, es así ahora y desde hace puede que seis mil años, cuando el primero de su casta encontró en la desembocadura del Indo o el Ganges una piedra que era capaz de rallar a todas las demás. Inventaron hasta una religión para justificar su desprecio.
Yash Patel saca de su cuadrado ataché —de plástico, los hindúes no usan cuero—, las piedras junto a los certificados GIA y con amabilidad empalagosa me anima a examinarlos. Mientras simulo hacerlo de cabeza me dedico a enumerarme las veces que he coincidido con él; unas diez, doce veces en veinte años. En todas estas ocasiones, menos las dos o tres últimas, simuló no verme, o quizás en realidad no me vio; no ver, no escuchar, no oler, son cualidades imprescindibles para vivir en la India, en mi opinión. La penúltima ocasión sí que me dedicó su atención, fue hace ¿uno, dos años?, en la JGW de Hong Kong. Recuerdo que el viaje hasta allí para mí fue un suplicio —un vía crucis BCN-IST-DXB-HKG—, para que después, llegando, de propina, me costase entrar en la feria. Esta circunstancia fue porque mi acreditación no existía, aunque esto es algo casi normal, mi nombre completo incluye guioncitos y preposiciones que suelen hacer desaparecer mi persona de los listados. Recuerdo que tuve que volver a pagar sin descuentos mi inscripción; pese a no ser mi dinero me molestó bastante. Según me dejaron paso franco, busqué su stand y allí fue donde descubrí que andaba enfadado por alguna cuestión con el dire. Recuerdo la escena, diez o doce de sus sobrinos cruzados de brazos junto a los mostradores o frente a los escaparates —no había mucho movimiento en aquel momento—, aguantándose la risa mientras escuchaban como Yash Patel me aseguraba que no habían tenido tiempo para preparar la comanda, para añadir después que éramos unos pesados, siempre con prisas y urgencias, que como podía ver estaban muy ocupados y no podían atenderme, que me largara, que me dejara caer por Surat la semana que viene y ya veríamos. Sus sobrinos sonreían contentísimos de que me atizase a mí en lugar de ellos. Yo ignoré las burlas implícitas en todo aquello, asentí, hablé de lo bonito que está Gujarat después del monzón, le deseé buenas ventas y me largué al hotel a dormir.
Hoy observo su falsa sonrisa, escucho cómo me llama friend… qué rápido cambian las cosas, es lo que tienen los mercados cuando se hunden se hunden muy rápido.
Los certificados repartidos por encima de la mesa y que simulo estudiar con atención detallan las características de las piedras que amparan, las llamadas cuatro C: carat, cut, clarity, colour, traducido: peso, corte, transparencia y color. La conjunción de estas características espera que definan el valor del diamante, aunque claro, no cuantifican para nada el momento del mercado. En el ramo utilizamos como guía para esto básicamente una tabla llamada Rapaport que edita los viernes una familia del mismo nombre, joyeros de Las Vegas, que pierden el tiempo en intentar casar las cuatro C y el imponderable del deseo colectivo para transformarlo en un valor en dólares. Es de común en el ramo ofrecer o demandar precios en función del Rapaport, veinte sobre el Rapaport, quince menos que Rapaport. Últimamente nadie hace caso de las apreciaciones de los tipos de Las Vegas, ni de nadie, los diamantes no valen nada, o sí, pero solo una fracción del precio. No hace falta un clinic de Rojales, gran sacerdote de Calidad, para convencerse. Estas piedras han vuelto a su valor original, al de antes de que Miss Mary Frances Gerety, redactora de la agencia publicitaria N. W. Ayer & Son en 1947 convenciera al mundo con una frase afortunada —y el gran capital de De Beers detrás— que un diamante es para siempre.
Papa Yash alaba su mercancía con dedicación, puede que tenga claro que mi presencia aquí, ahora, significa que es una GRAN OPORTUNIDAD, con mayúsculas. Sabe quien soy: un casi don Nadie, el que me hayan dado una responsabilidad, un presupuesto, ha sido por accidente. Yo simulo dejarme engatusar y acepto llevarme en condicional no todas las piedras que me ofrece, pero sí las que teóricamente más pueden interesar a un cliente imaginario, uno que habla de tú a tú al Aga Khan, evidentemente las que más cara y ojos tienen. Al final, al cabo de poco más de una hora, firmo unos pocos papelotes que Yash Patel guarda rápidamente, para inmediatamente poner como escusa la tormenta de polvo —que ciertamente a través de las grandes ventanas de la suite se vislumbra como borra la silueta de los rascacielos al otro lado de la Marina— y se larga con su guardia de corps convencido de que me ha dado un palo importante.
Mientras repaso las piedras, y la arena golpea las ventanas, me encuentro pensando en la señorita Gerety, en Mary Frances; ¿una mujer en 1947 redactando eslóganes? No es el lugar que ocupaban las señoritas en la estructura de las agencias de publicidad de Manhattan, al menos no el que me enseñaron los dos o tres episodios que soporté ver de Mad Men, aunque, claro que N. W. Ayer & Son estaban en Filadelfia. ¡Mad Men!, seguro que era una sarta de mentiras. “Un diamante es para siempre”, el eslogan de Mary Frances fue la cara más visible, pero hubo mucho de publicidad oculta en la campaña. De golpe todos los tipos, en las pantallas de todos los cines, comenzaron a sacar de sus bolsillos diminutos estuches que arrodillados ofrecían a sus parejas; dentro de aquellos el tamaño del pedrusco simbolizaba también el de su éxito, además del amor que profesaban al objeto de su deseo. Yo a mi señora, en su día, le regalé una aguamarina, una barata piedra de una transparencia liquida ligeramente azul. Sin despreciar su porte lo que más me gusta de ella, de la piedra, es el nombre. ¿No es precioso?
Una azafata toca mucho menos que delicadamente mi hombro y me riñe por no haber enderezado todavía mi asiento. No sé dónde estoy; sí que lo sé, en un avión. Tengo la sensación de que a temporadas vivo en los aviones, no es para quejarse, hoy en día hay gente (médicos, enfermeras, pilotos, camareros…) que viven en caravanas en los aparcamientos de sus centros de trabajo. Después de la iluminación social, recuerdo quién soy, de dónde vengo. Meto los dedos en el bolsillo pequeño de mis pantalones tejanos —mi uniforme de vuelo—, y sí, ahí están todavía las piedras; envié los certificados por courier, puede que hoy en día cueste más el envío urgente de los papeles que el valor de las gemas. Exagero, o no, existe la posibilidad de que mientras volaba en algún lugar de la India acaben de poner en funcionamiento un horno de microondas aún más grande. Algo del tamaño de un autobús londinense, puedo visualizarlo, llegan hasta él gruesos cables procedentes de las grandes torres de alimentación que cubren el camino hasta las laderas de las romas montañas cercanas, allí donde ha sido instalado un ejercito de placas solares. Antes posiblemente había un slum enorme e intentaron desplazar a la gente, pero sus chabolas han brotado nuevamente alrededor de la instalación —como todas las cosas en la India— de un día para otro. Cuando volaba hacia DBX el precio de cocinar un quilate estaba a 100 dólares, igual ya es la mitad, cosa de las renovables.
Aterrizo, atravieso el control de seguridad parapetado tras mi sonrisa y al poco he de reconocer que no encuentro mi coche, así de sencillo, no lo encuentro. Tengo la precaución de fotografiar el número de plaza donde lo dejo antes de volar, pero Gallery se ha actualizado hace nada, me ha borrado los favoritos, y ha reordenado las miniaturas de acuerdo a un criterio que no entiendo. Tengo mil cien fotografías en el móvil, casi todas son de documentos, de resguardos, de tiques. Tardo diez minutos eternos en encontrar una foto del suelo de un aparcamiento en la que se lee una letra más un número, lo que es una dirección; me acerco pero allí no hay ningún coche, la plaza está vacía. Posibilidad uno: me han robado el Tesla, posibilidad dos: la foto no es la que corresponde a este viaje, vuelvo a repasar las miniaturas en el móvil, encuentro otra, camino hasta ella. Acierto y respiro aliviado. Me alegro de no tener que denunciar el robo del auto, seguro que me causaría un montón de dolores de cabeza burocráticos.
La señorita X ha utilizado sus poderes extrasensoriales —o un localizador totalmente ilegal en mi auto, o en mi teléfono, o en mi conciencia— y me está esperando en el aparcamiento de la empresa. Salgo del coche, no digo nada, ella tampoco, solo hace un gesto y se me lleva con ella al último subsótano, allí donde el presi se esconde a fumar.
—¿Cuánto le ha sacado? —pregunta.
—Sobre los once millones.
—¿Once? Bueno, podía haber sido más, ¿no?
—Había piezas mediocres en el lote, creo que si las acepto hubiese sospechado que no pensamos pagarle.
Porque esta es nuestra intención: no pagarle. Nos pondremos picajosos con el origen de las piedras, con la validez de sus certificados, con la fase de la luna. Usaremos todas las escusas posibles para retener el máximo tiempo posible esta partida de su genero prémium, posiblemente el único que continúa teniendo un valor remanente. La última de nuestras excusas será la mejor: yo, quien aceptó los condicionales, soy un imbécil sin preparación ni gusto, que se extralimitó; motivo por el cual me serán estiradas las orejas y retirada la llave del lavabo de ejecutivos. Después La Firma devolverá las piedras, esperando que para entonces los gastos generales y la depreciación constante hayan construido un bonito panteón familiar para Papa Yash y su parentela. Que lo adornen con moissanitas.
El presi aunque simule quejarse está satisfecho, la mar de satisfecho, lo sé porque enciende el puro y lo llena todo de humo, antes de ponerse a gritar amigablemente.
—¡Yash Patel!, ¿cómo le vio?
—¿De aspecto?, un poco… más que gordo, hinchado —es la verdad.
—¿En serio?
—Sí.
—¡Estupendo!… ¿Sensaciones, no tuvo ninguna sensación?
—Está desesperado.
—¿Cómo lo sabe?
—Me sorprendió que se presentara en el hotel, que lo hiciera con tan poco séquito y que se aviniera a hablar conmigo en vez de darse la vuelta y volverse a la Ciudad Rosa.
La señorita X, plantada junto a la mesa, ahoga una risita, el presi la mira con cara impasible primero y al segundo siguiente, comienza a partirse la caja. Las carcajadas del presi son muy raras, porque son silenciosas, hace todos los gestos de la risa, se pone colorado, al cabo de diez segundos, como ahora, se pone a lagrimear y todo, pero no emite ni un sonido. La primera vez que lo ves piensas que está a punto de tener un ataque de algo, te planteas llamar a una ambulancia; impresiona. Se lo conté una vez a Stavros, me miró de arriba abajo, al final entendí que no le cabía en la cabeza que el presi fuese capaz de reír.
Ahora acabada su explosión de alegría, busca en sus bolsillos, no encuentra nada y acepta el pañuelo que le ofrece Miss X, es un pañuelo de tela con ribete y monograma, el presi es alguien demasiado importante para usar un Kleenex.
—¡Que se joda!, ¡a todos los cerdos les llega su San Martín!, ¿no es así?
Me lo pregunta a mí, o al cielo, creo; así que asiento más o menos y continúo callado. El presi no.
—¿Sabe cuál fue su error?, no el de Yash Patel, el de De Beers. ¡La trazabilidad!, sin esta ahora mismo podría continuar, al menos una temporada o dos, colocando su... bisutería. Pero no no, les molestaban que entraran en el mercado cuatro lotes de…
El presi busca una palabra que no resulte hiriente, algo políticamente correcto, es un hombre de orden, sabe limitar sus exabruptos.
—… explotadores independientes. ¡No!, querían todo el pastel para ellos, y ¡ala!, educaron a la poca nueva clientela que entraba en que exigiera trazabilidad. Venga fotos de niñitos llenos de polvo y de negrazos cargando… ¿cómo se llaman esos rifles con los que salen siempre en las fotos? ¡Mis nietos lo saben!, ¿cómo se llaman?
—AK-47, señor presidente —apunta la señorita X.
—Sí, eso es, los aca, es lo que dicen mis nietos, cuando juegan a esos videojuegos violentos, siempre van buscando el aca. No se les estropea nunca, no se encalla, igual que el de verdad, ¿es así?
—Tiene esta fama —asegura X.
—Esta chica, esta chica lo sabe todo, justo lo que aquí necesitamos, ¿no es verdad?
Yo vuelvo a asentir, alguna vez me romperé el cuello de hacer reverencias, espero que en el seguro lo consideren enfermedad laboral.
—Trazabilidad, que se jodan, Yash Patel y todos los indios esos, que pongan ahora en sus certificados “creados con la ayuda del sol”, o “ningún niño ha trabajado en una mina para extraerlo”, o... lo que les dé la gana. ¡Esta piedra está muerta, muerta! ¡Me encantaría ver su cara el día que devolvamos los condicionales!, ¡todos todos!, ya pueden jurar sobre la biblia o sobre... ¿cuál es el libro sagrado de los hindúes?
—Los Vedas —apunta X, es una simplificación, los hindúes tienen unos cuantos de libros de estos, pero X consigue continuar pareciendo saberlo todo, habrá que joderse.
—Pues sobre ese mismo. Gracias, gracias otra vez, es usted… un hombre muy útil, lo ha vuelto a demostrar, ojalá hubiese aquí más gente como usted. ¡Y como María!, todo sería más… más suave.
Estoy casi seguro que lo que quiere decir es que hemos acabado, vuelvo a asentir y doy un paso atrás antes de girarme, es lo educado. Cuando ya estoy un tramo del subterráneo allá, oigo como le pregunta a X:
—¿Ya lo ha puesto en la lista, lo ha puesto?
¿Hablan de mí?, ¿qué lista es esta?
Stavros también me ha puesto un localizador, seguro. Antes de que llegue a mi coche me secuestra, me ata a la barra del Dry y, rodeados de abogados de Roca y Junyent, comienza a interrogarme.
—¿Qué has averiguado?
¿Qué he averiguado?, nada, ¿qué le puedo contar?, nada. Aunque todavía puedo contarme a mí mismo alguna cosa en voz alta.
—Hay una lista, sé que la hay, lo que no sé si de los que se quedan o la de los que se van.
—¡Qué mierda de diferencia hace eso!
—Hay una diferencia, determina si la mente de La Firma está ocupada en escoger quién se considera importante o quién es un peso muerto. Creo que esto dice algo sobre la fe que tiene La Firma en su propia supervivencia.
Stavros pone cara de comprensión, debo haber dicho algo que tiene más sentido de lo que a mí mismo me parece. Se sopla su copa, hace un gesto al camarero para que nos llene el depósito y luego decide pagarme confidencia por confidencia.
—Tienes un nuevo mote.
—¿Ya no soy Malas Noticias?
—No, ahora eres El Cocodrilo, con mayúsculas.
—¿De dónde sale?
—De que te pasas el día simulando que eres un tronco, madera podrida flotando en un rincón del estanque; lo haces muy bien, quien se da cuenta de que estás vivo es porque has cerrado las fauces y te lo estás llevando al fondo.
—Soy aterrador.
—Cierto.
Bebemos en silencio. Puede que el alcohol me llegue en este momento al cerebro, desequilibre mi química y me provoque curiosidad, la cosa esa que acusaron de matar al gato. Stavros está en Proyecciones, puede contestar alguna pregunta que hasta hace un segundo no sabía que me interesaba.
—¿Qué crees que pasará con De Beers?
—¿Con la empresa?, está herida de muerte. En realidad, ya han salvado el culo de milagro un par de veces. Con las piedras LigthBox, quemando el mercado en vez de dar cancha… como que se dieron un tiro en el pie. Eso la empresa, el conglomerado, en cuanto a los herederos de Rhodes, sean quienes sean, ya estarán en otra cosa, montando algún otro tipo de monopolio. Ya se sabe, la cabra siempre tira al monte.
—Una cosa que me preguntaba el otro día, cuando Cecil Rhodes se lio a comprar minas de diamantes, ¿de dónde salió el dinero?
—Ni idea, no me he planteado buscar el origen del capital. De algún robo, quizás de los fondos del estado inglés, desaparecidos cuando la guerra de los bóers.
—¿Pasó eso?
—No lo sé, es una leyenda negra, solo que suena bien, ¿no? En realidad, ¿importa? Ya sabes, a mí solo me piden que mire al futuro. Eso sí, que no me fije en el mío; ¡no te jode!
Miro mi copa, quiero irme a casa, si llego achispado no es que me riñan, es que se reirán de mí. Me preguntarán si he tenido una prolongación a la japonesa de la jornada. Ella solo se cabreará conmigo si regreso conduciendo. En cuanto mi copa se llena frente a mí otra vez, decido que volveré en taxi. La nueva dosis de alcohol me pone más curioso.
—¿No te han pedido que cuentes la reserva de valor que ha desaparecido?
— Un chorro billones, ¡billones!, cuatrocientos más o menos, un buen palo al PIB del planeta.
—No me manejo bien con números tan grandes.
—¿Y en imaginar cuánta gente de un día para otro, de aquí a nada, descubrirá que las joyas de la abuela, las de mamá y las de Mari Puri, esos vidrios con los que confiaban parar el golpe si algún día tenían un tropiezo, no valen nada?
—Prefiero no pensarlo. ¿Cuántas minas en Sudáfrica, en Rusia, en Zimbabue y Angola se han transformado en activos tóxicos?
—¿En número o en valor? En valor es incalculable, porque de entrada no existían inventarios, proyecciones de lo que contenían. Top Secret, amigo. Top Secret. Alguna guerra que era por los diamantes, que se sostenía por los diamantes, parará. Un montón de niños soldados tendrán que buscar otra ocupación, puede que en las guerras del coltán. en la de las tierras, en esas que ya han empezado. Sí, seguro, estas se recrudecerán. ¡Guerras!, olvídate de De Beers, preocúpate de Alrosa, de Vladimir, debe estar cabreado, primero le han fallado los alemanes como clientes del gas y ahora… bueno, nunca olvidemos que él era, es, el máximo tenedor, un tercio de la producción mundial. Y todo, todo se le ha transformado en basura brillante.
Esto en realidad solo es una opinión, estoy seguro que Yash Patel y muchos como él tienen puesta toda su fe en que el pedrerío premium aguantará. En La Firma se ha decidido que no, que nos volvemos a encontrar frente un caso similar al de las perlas, solo que esta vez los culpables no son los mejillones chinos, sino una carrera tecnológica combinada con la bajada de precio de la energía. Fin de escasez reglada, paso de reserva de valor a bien de consumo, muerte de mercado secundario... palabros, frases hechas que tienen en Marketing para explicar que cuando el mercado se inunda de piezas que son tan buenas, ¡o más! que las que lo dominaban hasta el momento a una fracción de precio… todas pierden su valor de representación. Basura brillante, es una opinión comprensible, no veo a las señoras acudiendo a las recepciones con sus certificados GIA colgando del cuello. Además, ¿quién se fía de ellos?
Stavros se traga su copa, y se queda mirando a su reflejo en el espejo tras la barra, conozco esa mirada, la veo en mí a veces, en él muchas más, sé que no se ve a sí mismo en el azogue, sino que intenta ver el futuro, algo normal, se supone que es su trabajo. Siempre me está preguntando, pero Stavros de lo que es el todo, del conjunto, siempre tiene más visión. Ahora toma una decisión.
—Compra oro, pero no demasiado, ni lo mantengas mucho tiempo; éste también está al caer.
No sé de dónde lo saca, pero siento que dice la verdad.
