Dotes de orador
—Estoy seguro de que te he soñado.
No sé qué reacción esperaba de él, en cuanto se diera cuenta de que no estaba solo, desde luego, este amable reconocimiento no. Me observa un segundo más, sonríe y devuelve la atención a la imagen que preside la capilla lateral, examina con deleite el cuerpo ensangrentado y luego comenta como para sí.
—Es hermoso.
La voz del Hombre Triste es gruesa y a la vez suave. Si se esfuerza, quien le escucha cree que nunca nadie antes le ha hablado con tanta sinceridad y franqueza, de forma tan cercana y comprensiva. El Hombre de la Voz Triste, como complemento, tiene las manos grandes y fuertes. Unas manos que parecen diseñadas ex profeso para sujetarte si das un mal paso. El Hombre de la Voz Triste se llama Federico, Fede para amigos y conocidos; aunque unos y otros le suelen durar poco.
Ahora, que me devuelve su atención, me doy cuenta de que sus ojos pueden hacerte el mismo efecto que le hacen los faros de un coche a un conejo. Dejarte inmóvil, clavado en el medio del camino; solo ser capaz de esperar mientras se precipitan hacia ti.
—Sí, te he soñado. ¿Tú también me has soñado? Ya me había pasado una vez.
Dice, antes de dejar que una sonrisa invada su cara. En la residencia todos adoran su sonrisa, tanto los residentes como los compañeros; hasta los conocidos se quedan prendados por su aura de encanto. He oído comentar al quiosquero lo gran tipo que es; comentarlo cuando él ya no estaba al alcance de su voz, cuando ya casi había desaparecido en el interior de la casa, con el grueso pliego de los diarios del día bajo el brazo.
El Hombre de la Voz Triste, Federico, Fede, trabaja en la casa grande, la que la fachada principal da a la avenida. Es allí donde he estado esperando a que saliera, para después seguirlo hasta la iglesia. Él llama a la casa La Última Parada. ¿Es un chiste que puede ser cruel, referirse con este mote a una residencia de ancianos? Puede, pero tú, si estuvieras a su lado, en la barra del bar, y se lo escucharas decir, mientras toma un descafeinado, te quedarías con la sensación de que es un hombre sensible. Uno que se toma con el mejor humor posible lo que, si ha de hacerse correctamente, es más que un trabajo.
La última parada, no he entrado nunca. No sé cómo puedo conocer sus largos pasillos con pasamanos en las paredes, el ascensor que funciona mal, el calor que hace —aunque todos los residentes se quejen de frío— y el olor, el olor a olvido. Puedes decir que vives allí, que alguien que conoces, un familiar, un amigo, vive allí. Pero es un eufemismo, la gente no va a vivir ahí. La gente va a morir ahí. Hace un rato, mientras esperaba que él saliera, lo he comprobado.
Había una ambulancia parada un poco por delante de la puerta lateral, la que da a la calle estrecha. El vehículo tenía dos ruedas sobre la acera —muy pegadas a la pared, para no interrumpir el poco tráfico— y su trasera abierta. La puerta lateral de la casona solo se abre en ciertas ocasiones, como entonces que dos operarios —muy deprisa, casi sin ruido, como en un baile—, sacaron por ella una camilla cargada con lo que supe que era un cuerpo, dentro de una bolsa, que desapareció en el interior de la ambulancia como engullido por un ser metálico. Se escuchan cerrarse puertas y un ser humano comienza su viaje al olvido.
—Entonces, ¿cuáles son tus preguntas, muchachito?
Por el tono de su voz, a Fede, que primero aparezca en uno de sus retiros y luego no le preste demasiada atención parece que le ha molestado un poco; no demasiado, él es un hombre cabal.
—No tengo ninguna pregunta.
—¿Por qué has venido a buscarme? El otro que me soñó, que soñé, tenía muchas dudas, sobre todo quería saber cosas de mí.
Dice y su gesto es una extraña mezcla de resignación y modestia. Debe ser agotador ser tan fascinante como lo es. Podría explicarle que en realidad ya sé todo lo que me pueda o no interesar de él.
Ya sé que no es un devoto al uso, que si entra en la iglesia no es a buscar el perdón o la paz para su alma. Él solo simula que les reza a las imágenes de las capillas; él lo que hace es contemplar las representaciones de gente que sufrió martirio y se dedica a admirar profundamente a quién les convenció para que lo sufrieran. ¿No es de admirar que murieran de forma horrible por unas creencias que, si te pasas más de un segundo examinándolas, no tienen pies ni cabeza? A veces sopesa pedirle orientación: ¿cómo se hace? ¿Cómo se consigue? Si se acerca al altar mayor y enfrenta al crucificado, no ve en él el origen, la inspiración, sino solo un paso más. La fuerza está más lejos, oculta. No le desespera el silencio de las imágenes, cree que con el tiempo conseguirá respuestas por sí mismo.
Sí, Federico transmite esa impresión, es un hombre capacitado para abrirse su propio camino. Yo parezco todo lo contrario: continuamente me encuentro con gente dispuesta a aclararme cosas, a guiarme. Fede hace un segundo se ofrecía a contestar mis preguntas, hace diez minutos, el sacristán, me preguntaba, a la puerta de la iglesia, si me encontraba bien. Le he contestado que sí. No creo que me haya creído, pero como debe ser normal que gente que no se encuentra en su mejor momento, por una razón u otra, acuda a la iglesia en busca de consuelo, de orientación, me ha dejado estar.
El sacristán no iba mal encaminado: creo que tengo un poco de fiebre; esto, casi siempre —solo casi, a veces realmente es que me he constipado o pillado la gripe—, suele ser el preludio de un estado alucinatorio, en el que, desde mi distanciamiento, dejo de ver a la gente como individuos y comienzo a verlos más que como una masa, como un fluido compuesto de gentes que se cruzan conmigo, a lado y lado, sin llegar a tocarme. Cuando estoy en este estado me vuelvo invisible o quizá sería más adecuado decir que estoy como desenfocado. Diría que entonces nadie ve con claridad a este adolescente gordezuelo que soy; pero, inconscientemente, tienden a esquivarme. No dejo huella en la memoria y se me olvida con facilidad. Lo que es una ventaja a la hora de hacer lo que ha resultado ser lo que se me da mejor; en lo que soy una apuesta segura.
Cuando estoy desenfocado, el tiempo parece desdoblarse, plegarse sobre sí mismo. En el punto álgido del ataque —¿cómo llamarlo si no?— me cuesta decidir qué es lo que estoy recordando, lo que me imagino que pasará, lo que está pasando. ¿Es ahora que estoy sentado en esta iglesia junto al Federico, Fede, el Hombre de la Voz Triste, aquel que sabe escuchar?
—Cuando te sueño —dice— siempre estás por ahí al fondo, observando. Te miro e intento leer tu rostro, comprender lo que piensas. Pero eres como un maniquí, no pareces tener nada que reprochar, que alabar, solo estás ahí; eso ha acabado por molestarme.
—No sé por qué debería hacerlo.
—Creo que... deberías estar más agradecido por poder compartir mis momentos.
—¿Agradecido a quién?
—No sabría decirte, por lo pronto a mí. ¿No crees?
No, no lo creo, pero no digo nada. No tengo ganas de explicarle que cuando sueño los sueños de alguien me comparto. Soy yo y el otro. Esto es peligroso, desgasta tu yo, te conviertes en un nosotros. Gracias a esta forzada intimidad conozco a Fede tanto, o más, que a mí mismo.
He soñado con él, junto a él. He visto morir a la gente a su lado. Sé lo fácil que le resulta convencerte de que es el momento, que es sencillo. Solo tienes que dejar de tomarte la pastilla rosa o ahorrar de las azules y tomártelas todas de golpe; el domingo después del partido. No te preocupes, claro que el doctor se dará cuenta, pero deja el blíster vacío a la vista y nadie hará demasiado ruido; reconocerán tu derecho a escoger. Él piensa que el olvido es bueno, un regalo, que quien lo recibe es uno de los afortunados. Él les ayuda a liberarse de la espera, del dolor. Consigue convencerse de que él a cambio no recibe nada, que no rellena un hueco. Siento pena por él, compartimos sueños y le entiendo. También entiendo a los osos y su hambre insaciable. Eso no significa que tolere un oso en mi jardín, acechando bajo el rosal.
Sé que El Hombre de la Voz Triste, recientemente, tumbado en su cama, mirando al techo, justo antes de dormirse, comienza a tener nuevas ideas. Desde luego, tiene el don de la palabra, de la argumentación y quizás debería intentar utilizarlos con públicos más amplios. Todo el mundo tiene resortes, carga más hacia un lado u otro y él... ya no puede negárselo a sí mismo: ¡disfruta empujándolos! Debería probar a... todavía no se le ha ocurrido el qué, ni el cómo, ni para qué, pero está seguro de que ya lo descubrirá.
Es imposible que yo sepa esto, pero soy incapaz de dudar de que sea verdad.
—Tú eres quien ha venido a mí. ¿Qué se te ofrece? —pregunta, desprendiendo generosidad.
—¿A mí? Nada.
—¿Entonces a qué has venido?
—Solo quería comprobar que realmente existías. Eso me alivia un poco; a veces no sé distinguir mis sueños de la vigilia. Bueno, existes, comprobado, eso es todo, me marcho.
—¿Ya?
—Sí. Adiós.
Camino hacia la puerta, salgo de la iglesia. En el exterior, la luz huye perseguida por la noche. Los faroles se encienden débilmente, con la desgana de la vuelta al trabajo. Un trabajo inútil en estos días, con la cantidad de guirnaldas que cuelgan de todas partes. ¿Qué se celebra? ¿Lo he olvidado o nunca lo he sabido? Me zumban los oídos, la frente me arde, mi mano aprieta el cuchillo dentro del bolsillo. ¿Cómo ha llegado aquí?
Frente a la iglesi, hay una plaza pequeña y hoy, por algún motivo —¿la celebración esta que no recuerdo?—, está invadida por coches mal aparcados, que casi ocultan una fuente y un banco destartalado. Aquí, sentado, soy tan invisible como pueda serlo un chaval de cara infantil que espera. El olor de las velas, la cera quemándose lentamente, me llena la nariz. La puerta de la iglesia se ha abierto. Me levanto, me pongo a caminar hacia el centro; la zona comercial hoy está más llena que nunca, me sumerjo en ella.
El fluido de personas se retuerce sobre sí mismo. Parece decidir pararse o recordar que tienen prisa, dejarse llamar la atención por cien motivos, y así volver atrás, antes de avanzar de nuevo. Yo nado dentro de él.
Me suda la mano, no es problema, la hoja no resbalará en mi mano. El torrente de paseantes se acelera, se divide en dos —a lado y lado de una pareja, cargada de bolsas, detenida en medio del flujo—. Yo roto con ellos como centro y me doy de bruces con Federico, con Fede, que llega con la corriente. Abre la boca; no me había visto hasta justo ese instante, está tan sorprendido como yo. Clavo el cuchillo, de hoja ancha y corta, en su ingle; lo retuerzo y lo saco rápidamente. Él deja caer lo que lleva en su mano, algo que no llego a identificar, y se dobla sobre sí mismo. Un hombre a su lado, una mujer al otro, se inclinan a la vez; creo que pretenden ayudarle a recuperar del suelo lo que sea. Cuando Federico no detiene su movimiento y se derrumba, más gente se acerca a él. Antes de que suene no exactamente un grito, sino una exclamación de sorpresa, yo ya me he alejado, calle arriba. Invisible, desenfocado.
Es fácil matar con un cuchillo, ya es la segunda vez que lo hago, Debería haber guardado el cuchillo para una tarea más complicada. Quizás esté firmando mis obras, inconscientemente, y eso es innecesario, peligroso. Cuando me doy cuenta del contenido de mi reflexión, por un momento se me doblan las piernas. Al poco me rehago; continúo mi camino.
¿Por qué? No necesitamos a Federico, no ahora. No es su momento. Además, hay que podar el rosal: las flores solo nacen en ramas nuevas. Eso es todo.
Mi camino hace bajada, es fácil dejarse llevar.
