Junto al zarzal
¿Paisaje? Arboledas oscuras aquí y allá moteaban la planicie, como las manchas en la piel de un animal gigante. Uno que se había derrumbado allí y nunca consiguió volverse a levantar.
—Quizás caminamos en círculos, siempre yendo entre las mismas tres o cuatro arboledas.
—Sabes que eso no es así.
—Quizás el sol no sale siempre por el mismo lugar y ya no puedes confiar en él para orientarte.
El Viejo no contestó solo husmeó en el aire. El Joven al ver su gesto le imitó. Ambos permanecieron durante unos segundos silenciosos, congelados y oscuros como dos árboles raquíticos más.
—¿Plástico?
—Sí, el olor lo trae la brisa, desde el Norte.
—Vamos hacia el Norte.
—Siempre vamos al Norte.
—Continuemos, despacio, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, solo debe quedar una hora de luz. Si lo que sea arde todavía dentro de poco lo veremos.
Salieron de una arboleda que casi no lo era —solo una docena de troncos pelados y oscuros que se erguían hacia el cielo— y la planicie se abrió un poco más ante ellos. Al frente de tras una línea oscura de matojos, vieron sobre el horizonte, como dibujada con trazo rápido al carboncillo, una línea de humo que se disolvía, al poco de tomar altura, en el cielo que oscurecía por momentos. No dijeron nada; esperaron.
Fue de día y al instante se hizo la noche y durante dos largos minutos creyeron descubrir, apenas adivinado tras la trama de los troncos ennegrecidos, un brillo apagado del color del bronce sobre la tierra oscura y decidieron que aquello era la fuente del humo. Los hombres se hablaron en un susurro.
—Ves movimiento.
—No veo nada.
—¿Qué hacemos?
—¿Quieres que rodeemos lo que sea?
—Querer lo quiero, pero... si ha habido un enfrentamiento; puede haber cosas aprovechables allí.
—También puede haber perros.
—Perros hay en todas partes.
—En eso tienes razón. Ahora tampoco podemos hacer nada —dijo el joven mirando hacia el cielo que era solo un manto negro sobre ellos y sobre el todo.
—Por mí acampamos y dejamos pasar el tiempo. Observamos, escuchamos, mañana decidimos.
El joven asinti;, dieron la vuelta sobre sus pasos y se internaron de nuevo en la arboleda donde, separados tres metros entre ellos, reposadas las espaldas en un tronco, primero dejaron pasar el tiempo y luego intentaron dormir. Un momento antes de conseguirlo, el viejo escuchó la voz del joven.
—Igual encontramos munición o comida. Estaría bien.
Le pareció que la frase tenía el tono de una oración, pensó que estaba de acuerdo y se durmió. Ninguno de los dos sabría decir por cuánto tiempo, un ruido los despertó, la noche era tan negra como siempre; tanto que no podrías ver tu mano si estiraras tu brazo frente a la cara. En la oscuridad escucharon como algo que venía desde el frente pasaba, a unos pocos metros, a su derecha, tozudamente en dirección Sur tropezando en todo lo que le era posible tropezar. Ninguno de los dos dijo nada; solo se envolvieron más en sus cobijas y cruzaron los dedos, esperando que la huella térmica fuera tan baja que no llamara la atención.
Ya no pudieron dormir y pasaron las horas inmóviles. La inmovilidad absoluta es el arte que aprendes a cultivar en la nueva tierra. Su fin es fundirte con ella, y así transformar tu alma en piedra; intentando, más que no ser, ser imposible.
La luz tardó mucho en regresar, cada día tardaba más en volver hacerlo. Eso era una cosa mala opinaba el viejo. El joven aseguraba que eso significaba que avanzaban, que tenían suerte, que ya habían recorrido mucho trecho, que se habían alejado del Ecuador. Que pronto llegarían a alguna parte.
—¿A dónde?
—Al Norte.
—¿Al Norte de las octavillas?
—Eso espero.
El fuego se había apagado hace mucho. Sabían que el olor plástico debía estar flotando en el aire, pero sus cerebros, cansados de él, hacía tiempo que lo ignoraba. Según se acercaban otros despertaban su olfato: el olor de la carne quemada, el de la pólvora, puede que el del miedo. Si es que este tiene un olor.
Se detuvieron acuclillados tras unas piedras solitarias a unos cincuenta metros de donde había sucedido la batalla, la escaramuza, el combate. ¿Qué palabra es más apropiada? Se había producido junto al borde de una arboleda baja, larga y estrecha, donde los troncos caídos servían de soporte a una maraña de zarzal de gordas púas verdes. Los hombres debieron acercarse a cosecharlas y quedaron al alcance de un perro, que salió en tromba desde el interior espinoso. Se distinguía, sin demasiada dificultad, el punto desde donde había emergido. El viejo con movimientos lentos, medidos, sacó de su bolsillo los pequeños gemelos de observar aves y se dedicó a examinar primero los cuerpos y después el interior del zarzal con detenimiento.
—¿Están todos muertos?
El Viejo no contestó, solo le pasó los gemelos y el Joven en silencio repitió la inspección.
—¿Cuánto tiempo llevaba ahí dentro, esperando? Parece algo muy inteligente. Que supiera que el zarzal acabaría atrayendo a alguien.
—No tenían por qué ser ese el plan. Basta con que estuviera bajo de batería. Hace un mes o dos se tendió sobre un árbol a recargar y tras la lluvia la púa verde creció a su alrededor. A veces solo hacen eso, se ponen tras o sobre de lo que sea y se quedan quietos, hasta que... te pones a su alcance.
—Hay muchos cuerpos, he contado...diez, once, doce, trece... no, doce.
—Tenían un vehículo de apoyo. Eso es lo que vimos arder, la chatarra esa. ¿Ves alguna marca?, ¿Insignias?
—Sí, No las conozco.
Un viento, que venía del Oeste, llegó sin ser invitado, rápido y frío, haciendo que trozos de tela y tiras de plástico se agitasen por un momento, dándole una movilidad a la escena de la que carecía. Y que el corazón de los hombres se comprimiera. Pero solo fue una fantasía; los cuerpos continuaron quietos.
En el visor una alforja derrama su cosecha de púas gruesas y verdes. Allí, a poco más de tres zancadas, parecía invitarle a que la recogiera. El joven salivaba cuando en voz baja se atrevió a preguntar.
—¿Cómo lo ves? ¿Nos acercamos?
—¿Qué hay que valga la pena?
—Comida. Al menos una saca de púa verde. La munición, las armas, no sé si están en buen estado o el perro se habrá meado en ellas.
—Probemos ¿Una sola pasada?, desde allí hasta allá. Manteniéndonos alejados del zarzal.
—¿Piensas que puede haber otro perro?
—Siempre puede haber un perro. Siempre.
—Lo sé; lo he visto.
El joven volvió a examinar el zarzal con los gemelos, comenzaba a estar seco. Solo las púas verdes, algunas ya azul turquesa, continuaban manteniendo color. Pronto se abrirían para mostrar sus flores parecidas a plumas, y al cabo de muy poco su peciolo se secaría y con el primer viento se dejarían llevar con él, volando a su suerte; esperando enraizar en cualquier otro lugar.
—Ahora o nunca. Era un columna, un vehículo. Destino Manifiesto puede aparecer en cualquier momento con ganas de venganza.
El viejo asintió, estiró el cerrojo de su rifle, se levantó y se puso en marcha.
No había mucho que recuperar, la columna no estaba muy municionada y parecía haber vaciado todo lo que tenía contra el perro que, acabada la matanza, había orinado sobre el armamento, sobre la munición. Las manchas verdes sobre el latón aseguraban que lo había hecho hasta sobre los casquillos vacíos, que brillaban sobre el suelo como joyas perdidas. Quizás gentes de armas, como los que es posible que se estuvieran acercando en este momento, supiesen salvar mucho de aquello. Pero ellos no lo eran.
El Viejo acabó su ronda y se quedó mirando alternativamente al zarzal y al horizonte. Los dos parecían vacíos, los dos podían mentir.
—Estas tres parecen estar bien, ser del calibre de tu trasto.
—Sí que lo son, siete sesenta y dos. Están limpios. ¿Dónde los has encontrado...?
—En el cinturón de un tipo, bajo su cuerpo.
—Chico listo, o al menos más que un perro. ¿Nos vamos?
—Nos vamos.
Cargaron con tres morrales llenos de púas y siguieron hacía el Norte.
