Jugando a fútbol
Puedo explicarlo como si tuviera un orden, que lo tuvo, pero en mi cabeza todo sucede a la vez. Ahora mismo continúa haciéndolo.
Puedo explicarlo: tengo trece años; no, doce. Estoy gritando a pleno pulmón en la explanada: ¡Ballena, pasa, pásala ya! Mientras, me digo para mí, que me gustaba más cuando el jodido gordo no sabía taparla con el cuerpo y se buscaba la vida más cerca de la portería. Cuando al fin la suelta no es en mi dirección, sino a la otra banda. Allí Greñas la recoge y se mete en un bosque de piernas, del que —milagrosamente— le veo salir a trompicones y, justo antes de esparramarse, sin levantar la cabeza, empuja —más que patea— el balón en dirección de la zona del campo en la que yo debería estar —el frontal de la portería— ,en vez de tan caído a la otra banda. ¿Por qué estoy aquí? Es igual, verme tan lejos de mi sitio y el balón por ahí, rodando, me da alas y corro hacia él.
Los gemelos Pons parece que llegarán antes. Siempre juegan en equipos diferentes y se atizan que no veas, pero solo dentro del campo. Para no variar chocan a lo bestia hombro contra hombro, ninguno se queda con la bola y esta, sin control, continúa en una trayectoria que... ¡la llevará un poco por delante de mí!, eso si espabilo, porque el portero no espera y ha salido a despejar. Corro todo lo que puedo, llego un instante antes que él y, sin intentar controlarla... ¡le meto un punterazo con toda el alma! La bola traza un maravilloso arco, que primero esquiva al portero y después la lleva hacia la derecha de la portería, donde golpea el interior de la pila de piedras que hace de poste y entra a gol.
Es la trayectoria más hermosa que nunca un balón ha trazado, continúo creyéndolo. Levanto los brazos, grito, me doy la vuelta (es el rito del triunfo, me corresponde, tengo derecho a él...) pero nadie me acompaña. Todo el mundo mira más allá de mí y de la portería, todos están pendientes de algo hacia el final del descampado, más allá de la portería. Dejo caer los brazos, me giro y ahora veo, allá al fondo, al muchacho sin camiseta, que, casi arrastrando una pierna, viene hacia nosotros, pidiendo con gestos nuestra atención.
¿No sé su nombre?, no lo recuerdo, pero conozco su cara, es una que ya nunca voy a olvidar, —pero eso todavía no lo sé—. En aquel ahora solo sé que es el hermano de alguien. Creo que tiene quince años; lo digo porque ya nunca le veo por el colegio. Él y sus amigos siempre están en los futbolines preparando barrabasadas, pero de las que molan —colarse en el parque de atracciones, en las piscinas, cosas así—. El pasado San Juan hicimos la hoguera juntos. Después del fracaso del año anterior, este preparamos un plan. Escondimos casi todo el combustible bajo los coches de la calle y la encendimos muy pronto; la primera del barrio. Eso hizo que los bomberos se plantaran allí enseguida. Nos apagaron la chasca y se fueron a joderle la fiesta a otros. Fue entonces, cuando los sabíamos ocupados en otras cosas, que sacamos el material de su escondite y le pegamos fuego a la hoguera de verdad. Fue enorme, digna de verse. Todos sentimos, por esto y por otras cosas, un cierto compañerismo con él y estamos dispuestos a ayudarle en lo que sea.
Puedo verle,continúa lleno de rascadas y de tierra.
—Tenéis que ayudarme, rápido o se asfixiarán.
De todo lo que dice, es lo primero que entiendo. Tiene la mirada brillante, está asustado, parece más niño que nosotros, y eso acojona ¿Asfixiarán? ¿De qué está hablando? No espera respuesta, se gira y vuelve renqueante hacia la montaña. Yo no estoy muy convencido, pero Greñas y Ballena allí van, con el grupo, y como siempre yo con ellos, aunque de entrada nos metamos montaña arriba, por la rampa escalonada que es la calle de las barracas; y eso no me mola nada. Los chaveas de por aquí son muy territoriales.
Un perro ladra, hay ropa tendida bajo el sol de noviembre, pero parece que ningún adulto a la vista. Torcemos muy callados por un paso entre dos barracas y nos ponemos a seguir un sendero que desaparece y luego vuelve a aparecer. Caminamos bastante rato, girando a un lado y luego a otro. Me siento perdido, pero miro a Ballena y él parece saber a dónde va. Bueno, eso él siempre lo sabe, tiene una brújula dentro de su gorda cabeza; solo tienes que pegarte a él y volverás a casa. Ahora nos colamos a través del hueco en una valla, hecha de somieres oxidados, y aparecemos muy arriba de la montaña, al lado de frente al mar; en una estrecha terraza de tierra robada a un flanco de la montaña, allí donde alguien se curró un huerto, ahora más que medio abandonado. En el lateral, allí al fondo, en la misma ladera, casi escondido tras las ramas que llegan hasta el suelo de unos árboles, hay un arco de ladrillos no demasiado alto rodeando una mancha de oscuridad: es la boca de un túnel. La reja metálica que barraba el paso a su interior está descolgada.
Todos sabemos de túneles por aquí, hemos visto sus bocas tapiadas durante nuestras excursiones por los rincones olvidados de una montaña que es como un queso gruyere. Dicen que llevan a refugios antiaéreos de cuando la guerra. A alcantarillas que vienen de ninguna parte. Que si sabes mirar hasta se distingue el rió subterráneo, ahora seco, de cuando los romanos. Es la primera vez que veo la boca de un túnel de estos que no esté cegada por los ladrillos. Si mi madre supiera que existen, tendría prohibidísimo entrar en ellos, ¡y yo le haría caso!, seguro que son peligrosos, oscuros, húmedos. Debe de haber ratas u hombres perseguidos, escondidos, en rebeldía. Allí están esperándonos todos los monstruos con los que me he familiarizado desde la platea del Cine de la Parroquia Sí, están ahí dentro. Vamos, que me cago de miedo y a la vez me siento arrastrado por el deseo del grupo de ir hacia el interior.
El chico… ¡Robert!, es en aquel ahora que recuerdo su nombre: se llama Robert, recoge una linterna abandonada junto a la entrada junto a un puñado de velas y de cajas de cerillas, de esas que llevan estampadas al frente el dibujo esquemático de un toro y un torero.
—Yo no voy a entrar ahí —dice una voz que podría haber sido la mía.
—¿Qué es lo que ha pasado? — dice otra.
—El túnel se ha derrumbado… mis amigos no pueden salir.
—Llamemos a los bomberos, mi madre dice…
—Ve a llamarlos tú si quieres. Me parece bien, yo no los esperaré. Iré a rescatarlos —dice el Robert.
—¿Cómo vamos a hacerlo? —y esta vez sí que soy yo quien habla.
—Somos muchos, podemos mover las piedras.
Todos nos ponemos a hablar a la vez, la boca del túnel mirándonos. Todavía puedo verla, sentir su aliento. No parece posible que nos pongamos de acuerdo. Pero el Robert no nos espera y Ballena se mete en el túnel detrás, mientras enciende una de las velas. Él es así, seguro que es quien está más asustado de todos, pero allá va. Siempre parece que tiene algo que demostrar. Todavía estoy pensando que no me meteré por nada del mundo dentro, cuando ya me encuentro siguiendo a Greñas por el interior.
En el túnel las paredes cambian de aspecto cada pocos metros. A ratos parecen una mezcla de tierra y piedras muy apretadas y es como una madriguera gigante. Luego, un tubo de cemento. De cuando en cuando hay un refuerzo en el techo o en el lateral, que a veces es un travesaño de madera, una viga de hormigón, un arco de ladrillo. Otras... seguro que no hace falta porque atraviesa piedra pura. También se cruza con otras galerías, que tienen el aspecto que supongo que debe tener una alcantarilla. Hay un momento en que se ensancha y se transforma en una sala, no más grande que el comedor de mi casa, donde desembocan túneles diferentes. Todo está un poco húmedo, pero no demasiado; en algún momento escucho el correr del agua, pero no la veo.
—Vamos a perdernos —dice una voz que no conozco y es por eso que sé que alguien más que mis amigos y el Robert nos acompaña, es él quien contesta a la vez que se mete con decisión por una de las bocas.
—No, fíjate en las marcas de tiza. Las cruces las hemos puesto nosotros hace un rato. ¡Cuidado con el pozo!, pegaos a los muros.
Más vale hacerlo. Entramos en una nueva sala, las paredes son de ladrillos, pero muy gordos, muy bastos y el techo abovedado está tallado en la misma piedra. Ocupando casi toda la sala, a ras de suelo, la boca negra de un pozo que parece no tener fondo. Cuando paso por el lado estiro la mano y siento una corriente de aire que sopla caliente y suave desde él, mientras se traga un hilillo de agua que corre por el suelo desde más adelante. Saliendo de la sala se hace difícil caminar, porque ahora el túnel es redondeado por arriba y por abajo; parece hecho como de hormigón muy viejo, es como si caminaras por dentro de una tubería. Cuando este tramo acaba nos detenemos.
—Ya estamos.
El túnel está cegado. El techo se ha venido abajo.
—¡He vuelto! ¡Estoy aquí! ¡Traigo ayuda! —grita el Robert.
—Sacadnos de aquí —oigo como una voz amortiguada responde.
Tengo una vela en la mano, veo como la llama flamea un poco hacia aquí, un poco hacia el otro lado; hay una ligera corriente de aire. Eso significa que los atrapados no se asfixiarán, al menos por ahora; o es que no he aprendido nada de las películas.
—Movamos la piedra grande, excavemos, después... —opina alguien.
—No, no la toques. Es la que aguanta lo que tiene encima, podemos sacar las pequeñas sueltas que tiene debajo, pero solo esas —dice Ballena.
—¡Pero así no haremos espacio para que puedan salir!
—Esto se aguanta de milagro, no es buena idea ir toqueteándolo— dice alguien. Yo estoy de acuerdo. Creo que todos lo estamos, menos Ballena que mira a un lado y luego a otro. Tiene su cara de tengo una idea, a veces cuando la pone es mejor echar a correr.
—¿No hay salida por el otro lado?
—Alguna habrá —digo yo— ¿no notáis como pasa el aire?
—Pero no tienen luz, se perderán, se ahogarán, se quedarán sin aire —Robert parece a punto de echarse a llorar. Eso nos impresiona mucho a todos, no es un tipo de los quejicas.
—No están muy lejos, se les oye bien. Intentemos hacer un agujero pequeño, solo lo suficiente para pasarles la linterna y tiza para marcar el camino. Si movemos mucho todo esto puede caerse.
Tiene lógica. Hablamos un rato entre nosotros y con los del otro lado y nos ponemos de acuerdo en el punto donde empezamos a retirar unos y otros las piedras en silencio. No sé cuánto tiempo pasa; al rato estoy rascado por todas partes y cansado, pero no me he olvidado de tener miedo. Estoy deseando salir de aquí e irme. Saldría corriendo si no fuera porque no quiero decepcionar a mis amigos.
El susto más grande me lo doy cuando rascando en el montón, intentando trincar una piedra por detrás y sacarla, en la oscuridad una mano toca la mía. Pego un grito agudo, como de niña. No tengo mucho tiempo para sentirme avergonzado porque todos están preguntándome:
—¿Qué pasa!, ¿estás bien?
—Los he tocado —digo, mientras me examino los codos y las rodillas despellejadas.
—¿Hola! ¿Hola! ¿Qué tal al otro lado? —pregunta el chaval que no conozco arrodillado frente el agujero que hemos abierto.
—Mierda, quiero salir de aquí. Queremos salir de aquí.
Se escucha, la verdad que ya más claro y eso me pone optimista. Hasta que después de examinar el derrumbe por milésima vez el Robert bufa y contesta.
—No podemos sacaros, pero pronto vendrán los bomberos. Creo que ya han ido a llamarlos.
—¡Dios! Mi padre me mata, prefiero quedarme aquí para siempre —dice otra voz. Yo me echo a reír y al cabo de un segundo me parece que todos se unen a la risa.
—Podemos daros la linterna y alguna vela, ¿así podríais salir por el otro lado?
Escucho voces que hablan entre ellas.
—Podemos intentarlo, si no volvemos aquí y llamáis a quién queráis.
—Dales la linterna y una vela, desde aquí ya casi sé volver con los ojos cerrados —acepta Robert.
Soy yo quien mete el brazo en el agujero que nos conecta. Les entrego linterna y velas, antes de de desear suerte a una gente que no veo,
—Salgamos fuera —dice la voz que no conozco.
—¿No tendría que quedarse alguien aquí?, por sí no lo consiguen y tienen que regresar.
—Quédate tú si quieres, yo ya he tenido bastante; además…
No acaba la frase o yo no la escucho, porque el techo se nos cae encima.
Todo lo que pasó luego... lo sé porque me lo han contado.
Una viga le rompió el cuello a Robert. A Ballena, Greñas, a algún otro y a mí nos enterró la tierra. Como no encontraron a nadie más pienso que el dueño de la voz desconocida salió como alma que lleva el diablo en dirección contraria al derrumbe y a oscuras como estaba se olvidó del pozo —el sifón de no sé cómo, lo llamaban— y cayó en él. Nunca le encontraron, pero tampoco se echó de menos a ningún chaval del barrio, ni de este ni de ningún otro. Puede que fuera un niño de las barracas y a veces la gente que vive allí —y los que no— tienen sus propios motivos para no llamar la atención.
Resultó que nadie había llamado a los bomberos. Los que se habían quedado fuera, allí estaban todavía, pendientes del resultado de nuestro equipo de rescate. Los que nos salvaron el culo al final fueron los que habíamos ido a rescatar. Ellos consiguieron salir por otro lado y regresaron a la entrada, esperando encontrarnos allí, y lo que vieron fue a un montón de pasmaos mirando a la oscuridad y cruzando los dedos y se decidieron a pedir ayuda. Así que cuando los bomberos entraron se encontraron con que Ballena se había desenterrado y después nos había arrastrado a Greñas y a mí lejos del derrumbamiento y luego se había desmayado. Pero, ya digo, esto me lo contaron; yo de lo que me acuerdo es que soñé que éramos soldados —legionarios— romanos, haciendo un túnel bajo una muralla —minando el paño—, y que este se nos acababa derrumbando encima. Tal que una película que habíamos visto el sábado.
Estuve, estuvimos, dos días ingresado en el hospital de Pere Camps, allí llegando a la estatua de Colón, después me enviaron a casa de nuevo. Creía que algún momento me caería la del pulpo, pero todo el mundo lloraba y hacía mala cara. Cuando pararon de llorar me regalaron unos pantalones tejanos —americanos auténticos— y me dijeron que me querrían para siempre. Que lo dijeran, no sé por qué, fue mucho peor que una bronca. ¿Acaso no iban a hacerlo ya?
Oí decir a mi madre y mis tías —un tiempo después, cuando pensaba que no las oía— que después de aquello yo no había vuelto a ser el mismo nunca más. Que no es que me hubiese quedado tonto ni nada por el estilo, pero me había vuelto más fantasioso que antes. Y le daban mucha importancia a que había vuelto a sacar mis coches y los aviones de sus cajas sobre el armario y de como los disponía sobre la cama haciendo ruidos de brum brum y ratatatá y fiuuuuuu como si volviera a ser un niño pequeño. Que lo hacía, pero bueno: solo estaba jugando. Pero que lo peor, decían, era verme cuando solo los sujetaba en la mano y solo los miraba. No les conté lo de los sueños, en los que me encontraba con el Robert y quería que le acompañase. Siempre comenzaba a hacerlo, solo que... a medio sueño me daba cuenta que... bueno era él, y a la vez solo era un disfraz que... algo se había puesto, y me daba la vuelta y corría. Corría por las galerías y... es igual; los sueños, sueños son,
No sé si tenían ellas razón o no; en lo que si había cambiado. Uno no se ve mucho a uno mismo y es difícil compararse. Aunque, si me fío por lo que vi en los demás... diría que todos cambiamos. Enseguida se vio que Greñas —que estuvo mucho, demasiado, tiempo enterrado, dicen— sí que no volvería a ser el mismo después del accidente y Ballena... él comenzó a ir siempre solo. Y así fue que, sin habernos ido del barrio, desaparecimos los unos para los otros.
Y
pasó el tiempo y un día me encontré con que estaba en el insti,
con otra gente y me di cuenta de que había perdido a mis amigos y me sentí triste por un
momento, pero luego se me pasó. Y así ha sido, hasta ahora —hasta hoy— en que
de adulto me he despertado con
la sensación de que mi tiempo, el de todos, se está acabando.
