No lugares

 

Olvidadas en un cajón encuentro unas letras escritas durante el confinamiento. En ellas se demuestra que como siempre no he entendido nada.

 


No lugar- Hong Kong 

 


He leído sobre el estar aquí ahora, he leído sobre los no lugares.


Quien en su día los definió fue el antropólogo Marc Augé.Su delimitación según la Wikipedia, por oposición a lo que se podría dar en llamar lugar antropológico; si este es un espacio constituido por la relación entre las personas y de estas con el mismo espacio -por lo tanto un lugar con el que te sientes identificado y a su vez te concede identidad-, entonces el no lugar sería el espacio definido como exclusivamente de paso, como puede ser una habitación de hotel, una autopista, un supermercado, sitios, y cito la Wiki, que: No personaliza ni aporta a la identidad, porque no es fácil interiorizar sus aspectos o componentes.

Mi aportación a la filosofía contemporánea: cualquier cosa que solo puede ser definida como oposición a otra no existe. Grabarlo en piedra, escribir bien mi nombre al pie. Gracias.

Siempre entiendo las cosas al revés, alguien dice algo y yo saco conclusiones que solo tienen sentido para mí; por ejemplo el primer pensamiento que viene a mi mente es que Marc Augé no es camionero, es antropólogo ¿ya lo había dicho?, tampoco hace él la compra la debe hacer la sirvienta, que no sé por qué imagino argelina, con problemas de circulación y adicción a lo analgésicos y viaja bastante poco,-Marc, la asistenta a saber- o que cuando lo hace no levanta mucho la vista alrededor, quizás solo para mirarse en el espejo. Conclusión: Marc Augé no es un viajero, aquel al que define el estar de paso.

He perdido el hilo, dos aviones de combate del ejército francés han pasado estruendosos a baja altura sobre las pistas frente a la que creo es la terminal 3 del Aeropuerto Charles de Gaulle, en París. Llevo tres días recluido en mi habitación del hotel Ibis esperando que Air France se digne a acercarme a Barcelona. A darme un aventón, como dicen en México, desde donde la compañía me trajo y luego decidió abandonarme. Aquí, en todas partes continúa la epidemia.

Todos los hoteles Ibis del mundo viene a ser iguales, limpios, más que sencillos ascéticos. Si a algo me recuerdan son a las hosterías de los monasterios, Poblet, Montserrat. Paso mucho tiempo en ellos en los Ibis, no en los monasterios. Llevo tiempo hundiendome en el escalafón de la empresa y Viajes siempre me mete en ellos. Los colchones son de metro noventa, tengo que ser muy cuidadoso al colocarme la almohada o con mi metro ochenta y cinco siempre acabo con los pies fuera. Las mamparas de la ducha parecen inútiles y el suelo del lavabo siempre queda bastante inundado, quiero creer que no es un problema, al rato vuelves a mirar y todo está seco.

Viajes lleva tiempo atenta conmigo, todavía me mete en los Ibis, pero me hace volar en Business o como mínimo en preferente, quiero creer que es porque durante la epidemia he sido la cara visible de la firma. He ido a los sitios, he ofrecido un hombro donde llorar, he sonreído, he amenazado, he buscado soluciones. Quiero creer que mi carrera se está desatascando. Soy un ingenuo, he de aceptar que si hoy, ahora, estoy aquí es porque a nadie en los pisos altos le importa si enfermo y muero.

Repaso las hojas de mi pasaporte, es lo más parecido que he tenido nunca a un diario:

Hong Kong, 23 de enero. El servicio de salud repartía máscaras en la plaza de Kowloon. Se han desbloqueado los accesos a la universidad, los jóvenes han abandonado la lucha y han vuelto a las aulas. Otra consecuencia es que yo y otros volvemos a atajar por sus terrenos mientras vamos a nuestras cosas. Creo que son dignos de examinar, -pero ninguno nos detenemos, solo los miramos de reojo- los blocaos construidos por los estudiantes sencillamente reordenando los materiales de los mismos jardines: ladrillos, piedra, tierra, troncos. Aun vacio aquel blocao tiene aire de puesto de mando, el otro de dispensario de campaña. En los más exteriores del recinto junto a las aspilleras duermen ordenadas pilas de ladrillos, proyectiles para un hipotético enfrentamiento.Todos esos símbolos con los que el alzamiento estudiantil quería asegurar que su revuelta sería eterna, de que su lucha solo iba a terminar con la victoria, amanecieron abandonados y hoy la línea de defensa parece un decorado. Igual siempre lo fue, si no, ¿dónde están las masas airadas?

Hong Kong, 2 de marzo. Absolutamente todo el mundo llevaba máscaras. Las botoneras de los ascensores estaban cubiertas por láminas de plástico que los conserjes limpiaban cada hora. Un taxista me dijo en ese inglés macarrónico, que es el único que entiendo: if government said ten, you count thousand… Creo que se refería a las víctimas o al incremento del coste de la vida, puede que a las dos cosas.

En Hong Kong no te sellan con tinta el pasaporte, sino que te dan un pequeño cuadradito de papel que has de guardar entre sus hojas. Siempre tengo la precaución de pegarlo en una hoja del interior por una esquinita con pasta de dientes. El mismo pegamento que usaba en la cárcel. ¿Cómo llamaría Marc Augé a la cárcel? ¿Supra lugar? Lo peor de una cárcel son los encarcelados.

México, 19 de marzo. Ciudad de México está a dos mil cuatrocientos metros de altura, es a partir de esta cota que se tienen síntomas de mal de altura, más con tanta contaminación en un aire tan fino. Me siento intoxicado. Los tipos con los que me reúno aparentan no estar preocupados por el virus, pero no me cubren de abrazos, ni se ofrecen a llevarme a cenar como de costumbre. En el centro comienza el confinamiento, pero en los barrios populares no existe.

Ahora el avión que cruza el cielo es un reactor de carga bimotor de color gris acero, no sabría decir a qué ejercito pertenece.

México, 10 de abril, no salgo del hotel, no es necesario y además nadie quiere verme; todo el mundo se disculpa y me envían al chófer o al más joven del staff para que me entreguen o recojan lo que sea  me haya llevado hasta allí. Los correveidile me rehuyen la mirada cuando pregunto por la situación en los cerros. Me pregunto si ellos también piensan que están desatascando sus carreras.

No recuerdo las fechas intercaladas de la vieja Europa. Sí que estuve en Milán y tuve la reunión en el mismo aeropuerto. De Venecia no recuerdo nada. En Londres unos tipos se sentían protegidos por su insularidad y el carácter británico. La pandemia les parecía una buena oportunidad para retrasar pagos y así capitalizar. Una forma de tener en cuenta la posibilidad de que al otro lado del canal todos murieran.

Durante mis viajes,según la epidemia ha ido avanzando, cada vez el conseguir comer ha sido más y más complicado. Los aeropuertos están vacíos, sus tiendas cerradas igual que los lavabos puede que uno o dos para toda le terminal. Como los vuelos se retrasan y luego se vuelven a retrasar, las máquinas expendedoras se quedan vacías. ¿Serías capaz de matar por un Kit-Kat? Diecinueve horas en Frankfurt sin nada que comer, con las máquinas de agua, esas que llamábamos Canaletas en mi ciudad, clausuradas. ¿En qué fechas pasó esto?, ¿sólo lo he soñado?

Explica estas circunstancias mi estado de ánimo cuando me convenzo de que el hotel Ibis este Ibis, tiene sus tres restaurantes cerrados. No puedo salir del hotel, no digo llegarme a París, ni tan solo puedo acercarme a las terminales. La policía francesa parece tomarse en serio el confinamiento, patrullan, identifican…. ¿Realmente tengo excusa para estar aquí?, sí, pero ¿para viajar?¿Es suficiente excusa nuestros contratos y nuestras ventas? No, no quiero arriesgarme a salir. Así que abro el portátil e intento comprar comida.

Este es un acto de renuncia a mis principios. Al contrario que Mr. Marx no dispongo de un gran surtido de ellos, solo los que me puedo permitir, bastante pocos. Diré que siendo estudiante participé activamente en la huelga de mensajeros de mil novecientos ochenta… ¿y cuánto? Si lo comento nadie sabe de qué hablo, ni comprende cómo puede aclarar este hecho mi antipatía hacia Uber, Just Eat y toda la troupe de neo explotadores. He descubierto que tampoco es que tenga ganas de aclararlo, solo hago constar que nunca uso sus servicios, pero necesito comer. Así que abro el portátil e intento comprar comida, es lo que hago.

El hombre contra la máquina. Parece que Uber Eats no funciona o su servidor ha caído. Just Eat sí. Me trago mi orgullo de clase y relleno el formulario de inscripción. El servidor no reconoce mi dirección. La página de Ibis, que es de donde la saco, asegura que el hotel está en el Municipio de Roissy, Just Eat dice que ese sitio no existe. Con la ayuda de Maps averiguo que su nombre completo es Roissy-en-France; esperanzado, introduzco el dato nuevamente, este lugar tampoco parece existir. Interrogo la página del servicio de correos francés con dificultad, mi francés es inexistente–. Tengo más suerte, me informan de la existencia de algo llamado comuna de Tremblay-en-France y tres distritos de reparto, uno se identifica como Airport, introduzco el dato en el formulario. He triunfado, consigo comida y una botella de un vino francamente decepcionante, más después de lo que me cuesta abrirlo empujando con un bolígrafo para hacer caer su tapón en el interior.

Tras mi experiencia, mientras miro el corcho flotar, invento nuevas definiciones para los no lugares. Todas me parecen muy cogidas por los pelos.

Marc Augé no va a trabajar pasando por la estación de Roissy, desde donde se puede conectar con las lineas de TGV, con el tren ligero que une entre sí las terminales del Charles de Gaulle o con la estación de autobuses, de la que, si miras desde mi ventana a la izquierda, aciertas a ver los muelles H e I. Muy pocas personas bajan o suben de los autobuses y hacen el corto recorrido entre las dos estaciones. El setenta por ciento son de raza negra, un veinte por ciento parecen magrebíes, un nueve por ciento son empleados de aerolíneas. El uno por ciento restante corresponde a mi persona, caminando arriba y abajo, sobre una estrecha franja de sol, que separa las estaciones y el hotel, mientras estiro las piernas y espero a que hagan mi habitación.

Si Marc Augé trabajara en la limpieza de un hotel sería de raza negra y descubriría sobre mi almohada, la mañana que, ¡al fin!, dejo mi habitación, un billete de cinco euros. No lo hago por caridad, ni por generosidad, solo compro tiempo antes de que las kellys de todo el mundo se alcen y nos corten el pescuezo, para a continuación fundar un régimen tan desquiciado como el de ahora, o el anterior, o el otro. Es por eso que intento comprar la paz en mi no lugar, porque para mí es un lugar.

A las seis de la mañana del sexto día resucito y acelero el paso hacia la terminal 2C. La gente con la que me cruzo, en estas circunstancias, no puedo considerarlos viajeros, turistas, somos los habitantes de los no lugares, los que la transitoriedad nos es propia, la que la de los demás es nuestra compañía. Repentinamente visibles demostramos que los no lugares están habitados, personalizados, mantenidos, odiados y amados, luego los no lugares no existen. Marc Augé debería salir más de casa.