Todo se desmorona
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| Bodegón |
La barra es un triángulo cuyo lado más largo se tiende transversal frente a la puerta del comedor del restaurante, ofreciéndose como punto de reunión de los grupos y a mitigar la espera de los madrugadores. El abogado acodado a ella sujeta el largo y estrecho tallo de su copa de vino mientras intenta señalar sin que sea muy evidente hacia una de las mesas del interior.
—¿Es ese el alcalde? ¿No es un zurdo? ¿Qué hace aquí?
—Cenar, eso exactamente.
—Me parece poco estético.
—No entiendo por qué.
—Con sus ideas, con sus supuestas ideas…
—¿Debería estar haciendo cola frente a la olla de la sopa de una iglesia?
—No, pero…
—¿Entonces…?
—Me molestan todos estos tipos que van dando lecciones de moral y después…
—¿Después cenan en un restaurante?
El abogado está un tanto confuso, se le ha escapado la conversación de las manos muy rápidamente. Ha cometido un error, no sabía cómo calificar al joven, al no tan joven, que ha llegado inmediatamente detrás de él. Aunque lo ha visto aquí y allá, ocupándose de vete a saber qué, en realidad no tiene ni idea del lugar que ocupa en el escalafón de la joint venture. Es kaffer, no debe estar muy arriba, es un local, el sobrino de alguien. Un sobrino descarado.
—Hola, ¿qué tal? ¿Somos los primeros?
Saluda el comercial que se une a ellos en la barra. El abogado se gira ostentosamente y dedica toda su atención al recién llegado. Ha decidido que el joven no puede ser nadie y sabe seguro que al comercial se le escucha.
—Sí que lo somos, la lluvia debe estar reteniendo a la gente.
—¿La lluvia o los controles?
Este ha vuelto a ser el joven; que no lo es tanto, el abogado sabe que es una apreciación poco exacta, de un tiempo a esta parte todos comienzan a parecérselo.
—¿Qué tal es la comida aquí?
Pregunta el comercial mientras se estira y dirige la mirada al interior, puede que a los platos de los pocos comensales que ya están cenando. No espera respuesta, señala la copa del abogado y pregunta:
—¿El vino, el vino está bien?
—Es sudafricano, vino, vino, auténtico, no es de polvos; más bueno de lo que esperaba. El alcalde está allí atrás, me pregunto quién paga su cena.
—¿No te preocupa cómo se paga la nuestra?
El joven, el no tan joven, ¿está borracho?, ¿tiene ganas de gresca? El abogado le dedica una mirada ceñuda, pero no dice nada, en realidad no tiene nada que decirle; le ayuda a mantenerse en silencio que a pesar de las alfombras y las cortinas gruesas se escucha movimiento en la recepción a dos entresalas de allí; donde parece que se está acumulando el personal de seguridad. ¿Eso significa que sea lo que sea que esté pasando puede ser preocupante? No debería, el centro es seguro, el gobierno, la municipalidad se ocupa.
—La gente está desesperada con la situación.
Deja caer dentro de la profundidad de su copa el joven. El comercial bebe de la suya y chasca la lengua contra el paladar con satisfacción.
—Se acostumbraron a vivir de los subsidios —opina, es lo que está de moda decir.
—Justamente.
—¿Te haces las camisas a medida?
El joven está señalando hacia el monograma bordado en el costado de la camisa del abogado, con un poco de esfuerzo se adivinan dos letras historiadas entrelazadas, sus iniciales. El abogado duda en contestar, ¿el joven va a soltarle un discursito?, ¿sí, no?, parece realmente interesado. No llega a contestar, el comercial comienza a hablar de posiciones y colores de monogramas, según sean estos no solo identifican al cliente, si no también al sastre. El abogado sonríe, está más a gusto en la conversación. Ahora esta vira hacia el color apropiado de los botones según el de los trajes, hay reglas claras que los nuevos se atreven a saltarse alegremente. El joven parece dedicar mucha atención a la cuestión, tener mucho que preguntar. El abogado mira hacia la puerta, Un grupo de empleados silenciosos en corro atienden a las instrucciones del que debe ser su superior en el centro, Solo es una suposición, este tipo es muy bajito y solo le ha visto llegar con el rabillo del ojo, igual se ha ido y aquellos están escupiendo donde ha estado.
—¿Alguien quiere otra copa?
Pregunta el comercial que ha vaciado la suya muy rápidamente, el joven niega con la cabeza. El abogado mira su copa, está casi vacía, le apetece otra, aunque igual no es buena idea beber más. Si lo hace tendría que preocuparse de mantenerse alejado de las cabezas pensantes, estas con un abogado al lado deciden que es un buen momento para conseguir hacerse con unas pocas consultas gratuitas. Estas cenas muchas veces han acabado reportándole casos, clientes nuevos, pero hoy… hoy no, no le apetece. Cuando digan de pasar al salón intentará buscar asiento en uno de los extremos y allí se dedicará a disfrutar de la cena, aunque puede que esto sea mala idea, igual queda frente con frente con el negrito impertinente este, el que ahora se disculpa y se va al lavabo.
—¿Quién es?
Pregunta el comercial señalando con su copa la espalda que desaparece por la puerta lateral.
—En realidad no lo sé, hace algo por los pensantes, ir donde no quieren ir. Creía que lo conocías.
—No, en realidad no, apareció hace poco en la zona, le enviaron del Norte y después se quedó. Pensé que se lo quitarían de encima, pero aquí continúa. No entiendo por qué, es uno de esos tipos que parece disfrutar señalando que hay un elefante en la habitación. Sí, lo hay, pero lo mejor es no comentarlo, así los que por sí mismos no se hayan dado cuenta serán los primeros en ser aplastados.
El comercial sonríe satisfecho de su parlamento y hace un gesto a un camarero para que le llenen la copa, el abogado piensa que está un poco bebido, más dicharachero de lo que es habitual, quizás sería buena idea ganar distancia con él y desde luego con el no tan joven que aparece nuevamente, un tanto tenso.
—Algo está pasando.
—¿Qué?
—La recepción, los lavabos, no hay nadie. Todo está siempre lleno de empleados, de agentes de seguridad. No hay nadie.
El abogado vuelve la vista hacia la entrada. Los hombres que mantenían el silencioso conciliábulo en la recepción parecen haber llegado a algún tipo de acuerdo por el que parecen haber desaparecido, disuelto en el mismo hotel. Por eso es tan evidente la entrada de cuatro hombres de uniforme, que ahora vienen en dirección hacia ellos.
—¡Oh, oh!
Exclama por lo bajo el joven a la vez que los recién llegados pasan junto a ellos y rodean la barra y entran en el comedor y caminan hacia la mesa de quien el abogado ahora ya está totalmente seguro es el alcalde.
—Este capullo se ha metido en un lío.
Es la opinión que da al vacío el comercial antes de darse ostentosamente la vuelta, para no ser testigo de la acción que se desarrolla en la mesa. El abogado le imita, no le parece un comportamiento erróneo, desde luego es mejor que permanecer con la boca abierta y la vista fija como lo está el joven; no tan joven, debe tener ya treinta años, edad suficiente para comprender los rudimentos de la educación, el saber cuándo hay que dejar espacio a los mayores. Desde luego él… Su pensamiento se interrumpe cuando los espejos mates de la pared que rodean la puerta de entrada, allí, frente a él, estallan como preludio de una sinfonía de detonaciones, de estallidos. El abogado nota un golpe en la mejilla, un dolor agudo seguido de una humedad que le llega hasta el cuello.
—Póntelo en la herida, aprieta.
Le dice el joven con una servilleta en la mano, una servilleta que ahora está en la suya, ¿qué debe hacer con ella? El joven guía su mano hasta la mejilla, el dolor agudo se repite y ahora nota los dedos mojados. Está sentado en el suelo puede que parapetado tras la barra, ¿han sido eso disparos?, ¿aquí? Es imposible, estamos en el mismo centro de… ¿dónde están todas las gentes de seguridad?
El comercial está caído sobre la panza, su cabeza apoyada en una posición extraña en el reposapiés de la barra, el suelo está lleno de cristales y de vino. Todo es silencio, un silencio que se rasga cuando se escucha el ruido de cristales rotos bajo los pies de unas gentes que se marchan, son los uniformados que entraron hace poco, silenciosos, rápidos surgen en parejas, de ambos lados de la barra, convergen hacia la puerta de salida, de allí a la recepción. Después salen a la calle y desaparecen.
¿Qué ha pasado?, el abogado quiere preguntar qué ha pasado, no sabe si consigue que la frase salga de sus labios o esta se muere antes, en algún lugar de su interior. El joven se ha erguido y mira al interior del local, hipnotizado, después le mira a él, su mirada resbala rápidamente de su rostro a su cuerpo, ¿qué es lo que pasa? El abogado baja la mirada, en su camisa, justo donde antes estaba el monograma, la firma que comparten él y su sastre, ahora hay un agujero, una mancha oscura, es verla, marearse y seguido sentir el dolor. Como un eructo, dejándole mal gusto en la boca, la anterior pregunta, aquella que se negaba a surgir, se escapa de sus labios.
—¿Qué es lo que pasa?
—Todo se desmorona.

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