El cisne negro -Avance editorial-

 El cisne negro obra tan impublicable como la mayoría del autor podría ser acusada de blanqueamiento del terrorismo, de difamación y de estar mal escrita. Posiblemente quien lo hiciera tendría razón. Para muestra el primer capítulo.

 

Nortes

 

  1995


—¿Estás tranquilo?

—Lo estoy.

—¿Cómo lo consigues?, yo estoy hecho un flan.

—No lo parece, tienes una pinta estupenda, la del hombre que tiene soluciones.

—No me adules. O sí, adúlame sin parar, lo necesito.

—Eso sería algo muy cansado, además no tenemos tiempo, ahí llega Osorio.

—Señores, me alegro de verles, ¿quieren acompañarme? Me dicen que ha sido tan difícil hacer coincidir las agendas de los patrocinadores que ocupados en ello olvidaron confirmar si el hotel tenía una sala para nosotros, ¿no les parece una excusa estúpida? Tendremos que apañarnos con una suite.

—No es problema. ¿Cómo están los jefes?, Osorio, ¿crees que nos tomarán en serio?

—No me arriesgaré a hacer una valoración. Por aquí, al ascensor, por favor.

—¡No jodas, Osorio! ¿No tienes idea de dónde sopla el viento? Me extraña en ti.

—Venga, una apuesta, Osorio. ¿Qué piensan los jefes? Cuidado con la puerta.

—Igual que yo han mirado las cifras que remitieron, no sé que conclusión han sacado de ellas. Yo mismo no sé cómo tomármelas, los apartados que soy capaz de entender me dicen que es evidente que nuestra progresión se ha detenido, las otras partidas, no sé. Ustedes son los técnicos, ¿qué dirían, las cifras en su conjunto nos son favorecedoras o lo contrario?

—Nosotros somos optimistas.

—Es su oficio serlo.

—Te aseguro que en nuestra opinión lo más difícil está ya hecho. Llegado al borde un empujoncito leve y ya todo será cuesta abajo.

—Creo que lo que pretenden que llevemos adelante es algo más serio que un empujón.

—¿Los directores, los delegados, conocen la propuesta?

—No, por supuesto que no, solo que quieren jugar duro. Se han inclinado por verles las caras otra vez antes de soltarles, o no, la correa.

—¿Aquí nos bajamos? ¿Es este el piso?

—Sí, sí, adelante por favor. A la derecha, la última puerta.

—Osorio, en serio, ¿nos van a tomar por unos chalados?

—Tranquilícese, hace tiempo que los consideran así. Es lo que más les gusta de ustedes. ¿Llama usted mismo?

—De acuerdo, allá vamos. 



—¡Osorio!, ya regresaste con nuestros amigos. Pasen, pasen. Siéntense donde puedan. ¿Ya se conocen todos? En realidad creo que podemos prescindir de presentaciones formales. ¿Osorio, entiendes cómo funciona el aire acondicionado?, esto está demasiado caldeado. Hemos probado a abrir una ventana, pero no se puede. ¿A esto le llaman progreso, ventanas que no pueden abrirse?

—Miraré de solucionarlo, señor.

—Bueno, vayamos al grano: todos hemos visto sus números, si estos reflejan una realidad, y digo esto porque ustedes han de reconocer como yo que la estadística es cualquier cosa menos una ciencia exacta, parece que su campaña, la nuestra, ha tocado techo, el efecto desgaste ha dejado al descubierto los cimientos del montaje de los sevillanos, pero ¿sinceramente creen que tiene más recorrido la estrategia?

—Con permiso, sí, ciertamente, pero no mucho más, aunque he de remarcar lo más importante: creo que estamos en la situación de asegurar que hemos conquistado el corazón de la franja de indecisos, esa franja de electores que se sitúa en el centro político.

—El centro es un espacio que puede encogerse infinitamente, conquistar el centro no te garantiza la victoria en las elecciones.

—Pero no hacerte con él te garantiza que las perderás.

—La gente, el público, con su ayuda, ya ha asimilado que es la hora del cambio, es solo cuestión de tiempo que los fallos en la gestión del gobierno causen su colapso.

—En eso todos estamos de acuerdo, ¿la pregunta es?: tenemos ese tiempo.

—No sabría decirle, el gobierno está condenado, en realidad lo único que podría salvarlo es algún tipo de gran crisis, algo externo que no pueda ser achacado a su gestión y que, mal que bien, supiera manejar con decisión, eso volvería a unificar su masa de votantes y llevaría a su redil a grupos de indecisos.

—Un cisne negro, quiere decir, aunque, claro, por definición un hecho como este es impredecible.

—Exactamente.

—Hay otro problema, y este es de orden interno, la propia cohesión del partido. Nuestro amigo del Viello no es que sea del agrado de muchos barones territoriales.

—Sí creen que pueden hacerlo mejor, darle batalla al Obrerismo, ¿por qué no dieron un paso al frente cuando Don Román se volvió a Celtia?

—Por cobardía, en ese momento, en esa coyuntura, el gobierno parecía un bastión inexpugnable y todo el mundo reservó sus cartuchos para cuando la situación fuera más clara.

—Pensaban que nuestro amigo del Viello no haría tan buen papel como jefe de la oposición como lo está haciendo; gracias a sus consejos, señores, mucho del merito es de ustedes, lo reconocemos. Es por esto que a Osorio le ha costado tan poco convencernos de que estemos aquí, por cierto, ¿para qué estamos aquí, Osorio?

—Me gustaría que prestasen atención aquí a nuestros amigos, tienen una propuesta quizás poco ortodoxa, pero digna de ser escuchada. ¿Quieren explicarse, caballeros?

—Estamos planteándonos provocar nuestro propio cisne negro.

—Y les aseguro que no es una propuesta poco ortodoxa.

—Es público que en los USA es algo que todos los presidentes de ambos signos llevan haciendo desde siempre.

—Si con cisne negro se refiere a la creación de una crisis inesperada y total, que provoque unas consecuencias que en retrospectiva puedan considerarse predecibles. ¿de qué tipo sería esta?

—Bueno, allí suele ser una guerra.

—¿Una guerra?

—Exactamente, el mecanismo habitual es provocar que un conflicto menor súbitamente entre en el primer plano y desemboque en un enfrentamiento armado.

—Eso provoca el efecto de que todos cierren filas tras el comandante supremo.

—Y los que no lo hacen, cerrar filas, bueno, se suelen quedar en casa mirando el televisor.

—Entiendo, creo entender lo que están ustedes diciendo, pero, aunque se sientan capaces de provocar una guerra, ¿contra quién va a ser esta?, y ¿en qué ayudaría esto a nuestro hombre?

—No hablamos de una guerra.

—Hablamos de un acontecimiento dramático, muy dramático.

—¿Como cuál?

—En realidad, no creo que ustedes quieran saberlo, señores.

—Seguro, pero alguna indicación nos tendrán que dar, ¿no?

—Mi colega les contará un chascarrillo, una anécdota que según como puede pasar por graciosa. Este cuento, no se equivoquen, es parte de la historia de España en este siglo. ¿Les parece? Anda, Búho, embelesa a estos señores.

—Osorio, ¿de dónde sacaste a estos? Son lo más divertido que nos has traído nunca.

—Y lo más eficiente.

—Y caro.

—¿Alguien quiere una copa?, definitivamente la seriedad de la reunión, como siempre, se ha ido al carajo.

—Bien, querría hablarles de un hombre bajito y tocado por la suerte, un político y militar que perdió un testículo y ganó un país.

—¡Joder!, ¿habla del caudillo? Nos van a hablar del caudillo.

—Sí, a él me refiero. Situémonos en el escenario, es el año 1913. Francisco Franco en aquel momento no es más que un recién licenciado, no ha tenido un paso muy lucido por la academia de oficiales de Zaragoza, solo es un teniente del montón, del montón por abajo. Tendrían que verlo: un muchacho bajito, de voz chillona, del que sus compañeros hacen fácil burla.

—Franquito, le llamaban Franquito.

—Y cosas peores, Paca la culona.

—Eso fue después, se lo llamaban Mola y Sanjurjo, los otros generales.

—Queréis callar, las historias, los cuentos tienen algo llamado ritmo. ¿Puede continuar, por favor?

—Franco, ese hombre, llega al norte de África y es nombrado jefe de una sección, en un tabor de regulares. La situación es complicada para España en esos momentos, puesto que varias tribus locales se han sublevado en favor de El Raisuni, un caudillo local. La situación es tan tensa que en realidad uno no puede confiar siquiera en las tropas a tu mando, gente del país que en realidad no son más que mercenarios, que si en ese momento están bajo caudillaje español es más por la soldada y por las consecuencias de las prácticamente incomprensibles redes de rencillas entre los locales. Hay muy poco patriotismo entre la tropa. Franco ve claramente que la única manera que tiene de afianzar su posición, su autoridad, delante de la tropa es demostrar el valor que se le supone.

—¿Es esto lo que le vamos a pedir al muchacho del Viello?, ¿que se lie a puñetazos con los socialistas?

—Desde luego le creo capaz, de que lo intente y de que salga con los morros extraordinariamente hinchados.

—No seas gracioso. El caudillo lo consiguió, acabó con guardia mora y todo, ¿no?

—Así fue, a base de lo que algunos llaman coraje y otros una actitud suicida, afianza su posición, logra el respeto de la tropa y acumula ascensos.

—De eso recuerdo estudiar algo, la cosecha de la campaña de África fue un montón de militares de alta graduación ascendidos por méritos de guerra. Lo que no recuerdo es qué demonios había allí, en Marruecos, tan valioso, importante como para hacer una guerra.

—Nada, no había nada, solo que todo el mundo tenía colonias y aquí no querían ser menos.

—Minas, minerales, no eran gran cosa, todavía se estaba en la época de si necesitabas algo ibas a donde había e intentabas cogerlo, no te parabas a pensar si había alguna manera de usar menos o utilizar otra cosa, eso se veía como poco viril.

—¿No sabéis estaros callados?, o sea estamos en que El Caudillo a base de echarle cojones se hace un nombre, ¿qué pasa después?

—Que le vuelan uno.

—¿Un qué?

—Un cojón, un huevo. En la Batalla de Las Trincheras, en junio del 1916. Franco tras la muerte del oficial al mando de su escuadrón, batallón o lo que fuera, en cabeza de sus tropas ataca las posiciones de los moros y en la última carga, contra el último reducto, en la lucha a la bayoneta, cae herido de gravedad. Básicamente una bala le arranca un huevo.

—Eso debe doler.

—Doler de cojones.

—Estamos en 1916, el primero que atiende al que ya es Capitán Franco se da cuenta del lugar donde se localiza la herida, pero cuando quien está a su lado le pregunta algo por el estilo de ¿cómo está?, ¿es grave?, ¿dónde le han dado?, le contesta que en el estómago.

—¿Por qué?, no lo entiendo, ¿por qué no dijo claramente: a este tío le han volado los huevos?

—Por la cosas de la virilidad y tal. ¡Joder! era principio de siglo. Según donde, ahora todavía es como de mal gusto ir hablando de las partes de las otras gentes.

—Lo ha entendido usted, ahora tienen que estar atentos a las consecuencias. Una herida en el estómago en esa época, lugar, y momento es una herida mortal de necesidad. Por la pérdida de sangre o por la infección posterior.

—No existen antibióticos.

—No, no los hay. Francisco Franco es retirado del campo de batalla a lomos de un pollino, hasta el campamento base. La tropa lo ve pasar ensangrentado, blanco como la leche y tras una mueca de dolor extremo dando órdenes de atrincherar las posiciones ganadas y que después se reparta el rancho; como una especie de Cid dirigiendo a sus hombres desde el borde mismo de la muerte, ¿se imaginan? Pues imagínense cuál fue el impacto entre la tropa, que lo cree herido en el vientre, cuando al cabo de menos de dos semanas aparece tan bajito como siempre, pero mucho más cabreado y dispuesto a liarse a tiros con quien se le ponga por delante.

—De película.

—El que la muerte no haya conseguido llevárselo, confirma entre la tropa que Franco tiene baraka, que es un favorito de la fortuna, que esta le protege porque tiene reservada para él metas mucho más altas, por lo que no le es permitido morir en un enfrentamiento en las montañas de Riff contra cuatro sublevados. Baraka, Franco tiene baraka, algo que es misión, protección y destino, simultáneamente. La tropa, los moros, cierra filas tras él, porque la baraka no solo se ciñe al escogido, sino que se derrama entre los que están a su alrededor, una superstición de las que sus compañeros de armas, de clase, hacen mofa, hasta que llega el momento en que las balas vuelan a su alrededor, entonces todos corren a ponerse en las cercanías de Franco, al que si le preguntas contesta que no cree en esas mierdas moras, pero sí en trazar buenos planos, avituallar a la tropa cuando toca y atacar con decisión y sin piedad al enemigo, además de en la divina providencia y la Virgen de los Madroños a la que su mujer no se cansa de rezar. El fin de la historia puede acabar aquí o cuando Mola y Sanjurjo se estrellan en sus avioncitos al principio de la guerra civil y lo dejan como líder de los sublevados, o en 1965 cuando el ascensor que espera, en la Clínica la Paz, se estrella antes de que él suba en este.

—O cuando los aliados, al fin de la Segunda Guerra Mundial, deciden que es un histrión anticomunista gracioso y que mejor dejarlo en el poder, porque pese a sus esfuerzos en España todavía quedan muchos rojos y mejor que él se ocupe de ellos, ¿no?

—Una historia muy amena, ¿Qué nos están diciendo con ella?, ¿piensan arrancarle un testículo a nuestro amigo del Viello? Si eso deja suaves a los barones y lo catapulta a la presidencia yo mismo les dejaré unas tijeras, o un martillo, lo que prefieran.

—Calla, solo de pensarlo me da dentera. ¿Tienen algún plan?, ¿un esbozo de su... campaña?

—Sí, señor, Osorio le ha dado una mirada, él considera que no contamos con los medios, ni materiales ni humanos. Todavía.

—Supongo que será algo drástico.

—Supone bien.

—A mí, a mi gente, no nos gustan los excesos. ¿No tienen algún plan que no sea tan melodramático como me imagino que será este?

—Quisiera decirle que sí, pero solo puedo ofrecerle, en estos momentos, otra vuelta de tuerca a las acciones que llevamos adelante en estos momentos. Mañana, ¿quién sabe lo que nos traerá mañana?

—Me asusta pensar que el tiempo deje de ser nuestro aliado y se convierta en nuestro enemigo.

—Osorio, la propuesta de estos señores, su acción, ¿crees poder desarrollarla sin que en ningún momento podamos ser señalados?

—La seguridad total no existe, señor.

—Siempre dice la mismas cosas. Pone su cara de enterrador y te devuelve la pelota.

—¡Joder, Osorio!, ¿puedes desarrollarla con ciertos niveles de seguridad?

—Puedo montar un operativo, buscar la ocasión. Llevará un poco de tiempo.

—No te pediré detalles, ni yo ni nadie de esta habitación creo que quieran saberlos. Solo te preguntaré: ¿será muy caro?

—Los anuncios en televisión, el alquilar polideportivos lo suelen ser más.

—Entonces por mí, de acuerdo, vosotros ¿qué opináis?

—Yo no he estado aquí.

—Yo tampoco.

—Entonces busquen una buena excusa para que les firmemos unos cheques y adelante.

—¿Así que Franco solo tenía un huevo? Ahora entiendo tanta mala leche.

 

Tras el rotundo fracaso de "Quince minutos" y "Mr Útil", anteriores folletines puestos a disposición del público por el autor, uno nuevo "El caso Sarmiento" será publicado cada diez días por capítulos en su correspondiente Blog y en esta ocasión y hasta que se aburra las ilustraciones serán retratos de gentes poco de fiar.
Como siempre el autor, yo, se reserva todos, todos, los derechos, excepto el de lectura libre, el cual es posible que no exista.

 

 

 

 

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