La Estrella del Pop
La Estrella del Pop fue publicada originalmente en la sección de OffTopics de Guitarristas.info, lugar donde el autor coloca aquel material que su decorado y/o sus personajes puedan ser reconocido como esa parte del mundo del espectáculo próxima a la música pop. El cuento en si explota por un lado la afirmación de uno de sus personajes -en otro texto- de que pelear es tan intimo como el sexo e igualmente banal y por otro la impresión que causo en el autor -a la fin un chaval de pueblo- la zona más noble de París, con su monumento a Napoleón, sus hoteles y sus joyerías.
Los chicos le han cogido el gusto a las inocentadas complicadas y retorcidas, esto ya es un hecho; encima no puede enfadarse, al fin y al cabo fue él quien empezó con ello. Es por eso que –sin acabar de estar seguro si la llamada era una broma o no– ha acabado sentado, a la una en punto, en una mesa del restaurante del Hotel Ritz, en la plaza de La Vendôme de París.
No
le han dado una mala mesa, pero a él le parece que las hay de
mejores. De entrada todas las de la terraza. Montada en el interior
del invernadero –adosado a la sala principal–, es una estructura
de hierro y vidrio –grácil y voluminosa simultáneamente– que
podría ser obra del mismo Eiffel.
Una señorita hermosa e
inflexible le ha negado antes una mesa allí, entre las palmeras y
los árboles de la goma en maceteros, aduciendo que era imposible,
que estaban todas reservadas y a continuación, con su gesto, le
transmitió que debía considerarse afortunado con que le dejasen
sentar su flaco culo en una de las mesas de la sala contigua. La
Estrella del Pop es un alma sensible, que se fuerza a dejar de mirar
hacia el invernadero, como un niño observa el escaparate de una
pastelería, y concentra o al menos intenta concentrar su atención,
en la puerta de entrada al restaurante; mientras juguetea con su
copa, su segunda copa ya casi vacía. Al menos el camarero no se ha
presentado a preguntarle otra vez si deseaba la carta, parece que ha
aceptado al fin su explicación –primero en castellano y después
en su torpe inglés– de que está esperando a más gente. Es lo
mismo que le ha explicado a la chica de la entrada, que ha parecido
muy sorprendida del optimismo de él y sus amigos: quedar en la plaza
de la Vendôme, en el Restaurante del Ritz, sin preocuparse de hacer
una reserva, y además querer una mesa en la terraza acristalada,
¡que atrevimiento!
De mesas en el invernadero, entonces
como ahora, hay bastantes vacías. Si están reservadas, ¿cómo es
que sus ocupantes no han aparecido todavía? ¿Por el mismo motivo
que la mujer de la editorial –si es que existe– no lo ha hecho?
Aquí en París ya es bastante tarde para comer, y aunque no lo fuera
él tiene hambre. Está ligeramente bebido y tiene hambre. Tres
minutos más y aceptará que se la han jugado y puede que acepte la
carta del camarero y pida algo para comer. Ya arrostrará luego las
burlas y los chincha rabiña de los chicos.
En una de las
mesas de la terraza acristalada, sentado solo, hay un hombre, que
también parece esperar, un setentón alto y fuerte, vestido con
tejanos y una camisa sencilla, bajo un chaleco de plumón muy fino.
Su cara le ha parecido conocida desde que entró y con el
aburrimiento su cabeza vuelve una y otra vez a hacerse la pregunta
¿quién es ese hombre?, ¿de qué puedo conocer su cara? La
respuesta le viene inesperada: ¿puede ser AO?, AO el magnate de la
confección, el hombre que, alguna vez, ha sido considerado por
Forbes el hombre más rico del mundo. Podría ser él o no. Es una
cara que solo ha visto en fotografías granuladas, acompañando
artículos en los diarios, que ha leído en diagonal. El hombre
parece cansarse de que le observe –ya le ha descubierto con la
vista fija en él varias veces– y le devuelve una mirada pétrea
que La Estrella del Pop no sabe interpretar. Quizás con ella le está
diciendo: que deje de mirarle ya. Puede comprender ese deseo. A él
también le molesta cuando quien sea se le queda mirando con cara de
bobalicón y la duda en la mirada. Más que molestarle le preocupa.
Los fans saben quién eres, te piden un autógrafo, o se deshacen en
risitas, te sientes cómodo porque crees saber que esperar de ellos.
Los tipos que simplemente te miran –muchas veces, durante mucho
rato– acojonan un poco. Uno siempre acaba pensando en John Lennon,
¡y no es que quiera ponerse a su altura!
Fans, la Estrella del
Pop a veces se ha sentido arrinconado, la línea entre la
gratificación y el terror puro es muy fina, Bueno, aquí no se
sentirá así: está en París, es un desconocido. No es Barcelona,
ni siquiera Madrid. Nadie se acercará a la mesa a pedirle hacerse
una foto junto a él. Aunque sería estupendo, así se le bajarían
los humos al posible AO; allí sentado, en su trono de la mesa del
invernadero. O no. El solo es un músico, un cantante. Al que el
mainstream considera tirando a underground, y el
underground –el Indy que se tiene por autentico– se
niega a reconocer que existe.
Se está deprimiendo, como
siempre que le baja el azúcar. ¿El alcohol no debería mantenerlo
alto? Necesita comer. Necesita que mademoiselle –¿cómo se
llamaba?– aparezca de una vez. O que quién lo haga sea la panda,
riéndose de él, y poder al fin pedir algo para comer.
Un tipo llega a la puerta –sesenta años, ancho, sonriente, media melena tirada hacia atrás– y saluda a la cancerbera. Esta parece reconocerlo y, envuelta en un mar de sonrisas, se desvive por cumplimentarlo, mientras, por gestos, llama a uno de los camareros. Este parece tomarlo a su cargo y le abre camino hacia el invernadero. Pero la mirada del desconocido... se encuentra con la de la Estrella del Pop, y primero se detiene, y después abandona la estela del camarero, para, sorteando las mesas que les separan, dirigirse hacia él con un gesto de reconocimiento en la cara.
–Tú eres La Estrella del Pop.
No
ha sido una pregunta, sino una afirmación. La Estrella no acierta
más que a medio levantarse y ofrecerle la mano, ¿será este hombre
su cita? Él espera a una mujer o ¿lo ha entendido todo mal? El
francés no es su fuerte, ni su débil; prácticamente no existe.
El
desconocido, durante este segundo de duda, se ha vuelto hacia
el camarero –que se
había detenido a esperarle un poco más allá–,
para decirle algo –en francés y
que
al garçon
le ha
parecido estupendo–,
y, seguidamente, se
ha derrumbado
en la silla libre frente a la de La Estrella del Pop; que decide
volver a sentarse. El
desconocido hace un gesto de desagrado, remueve
sus posaderas en la silla, vuelve
a levantarse y comienza a sacar objetos de sus bolsillos –dos
teléfonos móviles, varios juegos de llaves, una billetera muy
voluminosa, un porta tarjetas; de esos que dicen que están blindados
e impiden que ningún listo te pueda clonar tus tarjetas en el metro;
y un clip que parece de oro y
sujeta un puñado de billetes grandes.
Este
último se lo vuelve a guardar, en el bolsillo lateral derecho de su
pantalón, y liberado de todos estos objetos, se arrellana de nuevo
en su asiento –con la ayuda del camarero, que le ha retirado la
silla–, con un gesto de satisfacción, mientras dice como para sí:
–La Estrella del Pop, que suerte.
La Estrella está a punto de decir... no sabe el qué, pero el desconocido ha reconocido al posible AO en el invernadero y lo saluda con la mano. Este le devuelve el saludo con una amplia sonrisa, para después parecer reñirle amistosamente, por el sistema de agitar su dedo, índice de adelante a atrás, frente a su nariz. Todo esto antes de volver a su conversación con una mujer, que ahora comparte su mesa, y que La Estrella no ha visto aparecer.
–¿Para beber champagne? ¿Le parece? ¿Estamos de acuerdo?
La Estrella continúa sin poder meter baza en el monólogo del desconocido, del intruso, que ahora pide al camarero –¿de dónde ha salido?, ¿siempre ha estado ahí?–, en francés, un montón de cosas. De las que no consigue retener el nombre, quitando de, claro: champagne, pate y puede que huîtres.
–Bueno,
La Estrella del Pop, ¿Solo en una mesa del Ritz de la plaza de La
Vendôme? ¿a quién esperas?
–Por un momento pensé que a
usted.
–¿A mí?, ¡Ah, entiendo! ¿Tú cita no se ha
presentado?, ¿Ella es francesa, española?
Si es francesa, y quedasteis para comer, ya no lo hará. Si es
española tienes una posibilidad. ¿O
no esperas a una joven? ¿Esperas
a
un grupo? Yo… ¡Eh!, ahí están mis amigos.
El
desconocido vuelve a levantarse y se pone a hacer gestos hacia
la puerta donde un hombre –alto, sobre la frente, muy ancha, un
flequillo espeso de cabello lacio, tirado a un lado– al verle,
interrumpe su charla con la chica de las reservas y se dirige hacía
ellos, llevando del brazo una mujer rubia –hermosa, elegante, en la
cuarentena–, que tiene tiempo de dejarle una sonrisa a la chica de
la puerta, antes de entrar en el salón.
La Estrella del
Pop duda si levantarse de la mesa, para recibir a los recién
llegados, o no. Desde
luego le son tan desconocidos como este tipo que ha invadido su mesa;
que no está en el invernadero, pero desde luego es su mesa. Se
pregunta si debería tratarlos
como al equivalente a los tipos/tipas que se cuelan en el camerino, y
descubres, al final del concierto, con cara de ansiedad y muchas
cosas que contarte. Pero
no se ocurre cómo
poder hacerlo en este momento. Los
dos hombres están muy ocupados, haciendo
el teatrillo de no parecer muy contentos de volverse a encontrar, y
se han agarrado, el uno al otro, por los antebrazos, mientras gruñen
entre dientes, unos segundos, antes de fundirse en un abrazo. La
mujer rubia simula cómicamente perder la paciencia y tiende una mano
–fina, dorada, adornada con dos anillos grandes y coloridos que
parecen de otro siglo– a La Estrella del Pop.
–Please, allow me to introduce myself, I´m Trinidad.
La Estrella del Pop descubre que en algún momento ha vuelto a levantarse, solo acierta a sujetar la mano de la mujer blandamente y preguntar:
–¿Trinidad?,
¿Trinity?
–¿Eres
español?
–Ep, sí, de Barcelona.
–Yo también, ¿qué
casualidad?
Este principio de conversación es interrumpido por la llegada de media docena de camareros cargados de bandejas. Los hombres han acabado con su demostración de cariño y comienzan a sentarse, pero el primer desconocido parece cambiar de opinión y con grandes gestos lo impide.
–No,
no os sentéis así, en una fiesta las parejas no han de sentarse
juntas.
–¡Rafael!, esto no es una fiesta. Y
Miguel y yo no somos pareja –se queja Trinidad.
–¿Eso
significa que todavía puedo tener esperanzas?
–Déjate de
tonterías.
El
trío de desconocidos ya no lo son tanto. La mujer se ha presentado
correctamente a la Estrella del Pop, y de la conversación ha
deducido que el nombre de los hombres es, respectivamente y por orden
de aparición: Rafael y Miguel. Estos parecen dar vueltas alrededor
de la mesa, sin decidirse a sentarse, mientras hablan en tres idiomas
diferentes; hasta que el posible AO –que con la mujer que le
acompañaba del brazo ya abandona el local– se para un segundo,
junto al llamado Rafael, para susurrarle algo al oído. Este, tras
reflexionar un solo instante, hace exageradas negativas, consiguiendo
que AO vuelva a reñirle silencioso con el dedo índice, antes de
volver a acercarle los labios al oído para continuar con sus
confidencias, durante unos segundos en que todo el mundo parece
esperar respetuosamente. Menos los camareros, que deciden que ya está
bien de hacer la estatua y se ponen a flambear no se sabe bien qué y
a continuación comienzan a repartirlo entre los comensales, todavía
en pie, en platos de porcelana gigantescos.
Lo que sea le huele
estupendamente a la Estrella del Pop, está decidiendo sentarse y
dejar a su aire a los hombres, cada vez más interesados en continuar
su conversación en susurros que en la comida, cosa que a la Estrella
del Pop en este momento le parece algo mucho más interesante. No
llega a decidirse, vuelve a tener a Trinidad frente a él que parece
haber emergido de entre los hombres. Su cara ha cambiado, ahora es
una mezcla de comprensión y quizás… ¿preocupación?
–Tú eres La Estrella del Pop.
La Estrella está dispuesto a reconocerlo, pero no le da tiempo; ella continúa.
–Tenía que haberte reconocido inmediatamente. Hubo un tiempo en que era la espectadora perfecta: no me perdía nada. Exagero, eso es imposible. La verdad es que... me leía la sección de espectáculos con dedicación. Aunque, he de reconocer que prestaba más atención al cine, al ballet, a esas cosas, que… a la música moderna.
Estas dos últimas palabras han sonado en su boca como si hubiese dicho necrológicas, o arena para gatos, o vete a saber. La Estrella del Pop no sabe si molestarse, tampoco le da tiempo: Trinidad, la espectadora perfecta, ha girado sobre sus talones ¡y le ha soltado un revés bastante contundente, en el brazo a Rafael!
–¿No estarás pensando en volverlo a hacer?
El tono de su voz –remarcado por el estampido de la obertura de una botella de champán, que ha sonado como un punto final muy contundente– consigue que la reunión masculina se disuelva en un instante. AO, del brazo de su acompañante, huye hacia la salida, dejando colgado en el aire un saludo de su mano para La Estrella del Pop –el cual se siente vindicado–. Los camareros encuentran muchas cosas que hacer que les obligan a mirar al suelo, y el acompañante de Trinidad –¿cómo han dicho que se llama?, ¿Miguel? Sí eso: Miguel– escapa a su puesto en la mesa, donde se tapa la sonrisa con una tostada de foie.
–No, sí, a lo mejor. ¿Yo qué sé? Estaba aquí. No lo sé. Primero comamos foie, es el mejor de París, de toda Francia. Creo que lo hacen en algún lugar del Sur de China.
Miguel
ríe exageradamente el chiste. Rafael se sienta. Trinidad arruga la
nariz, mira alrededor; decide que no va a montar una escena
–todavía–, y se sienta también. Ahora es La Estrella del Pop
quien se encuentra de pie, contemplando a tres desconocidos que
despliegan sus servilletas y se dejan servir espumoso por los
camareros, en la que era su mesa y ahora, desde luego, ya no lo
es.
Un camarero junto a él le está mirando con una
interrogación en la mirada y una bandeja de magret de pato en
las manos. La Estrella se rinde, se sienta, toma una tostada de foie
y se la lleva a la boca. Mientras mastica, se dice que hay que
aceptar lo que el río de la vida te trae sea bueno o malo. Total: no
vas a convencerlo de que se largue por donde ha venido.
–Dijiste que lo dejarías, que habías aprendido la lección.
Es la voz de Trinidad, que parece hablarle, sobre todo, a su plato. Una voz de maestra decepcionada que solo consigue que Miguel se eche a reír. Rafael la mira compungido un segundo, solo uno, antes de comenzar a partirse él también. Trinidad arruga aún más la nariz, La Estrella del Pop bebe de su copa y ahora come magret de pato; es excelso.
–¿Cuándo
lo dejaste?, ¿cuándo la chica te zurró la badana? –dice Miguel,
puede que imitando la voz y la pose de Trinidad.
–Era, es una
chica enorme –contesta Rafael.
–Y te zurró la badana.
–Ya
lo creo que me la zurró.
–No lo puedo entender.
–Yo
tampoco, todo iba como siempre. Yo le estaba explicando mi hobbie,
y cuando acabó ella me pregunta algo así como: ¿y no vas a probar
conmigo? Y yo le digo que no, que ella es una chica y tal. Sonrío,
creyéndome muy… algo, y ella me suelta la
primera.
–¿Bofetada?
–Hostia. Como un pan de grande.
Yo me quedo allí pensando: ¿qué ha pasado?, ¿es esto real? Y me
zumba la segunda, y la tercera. Me digo que mejor salgo por patas,
antes de que me suelte la cuarta. Todavía continúo mirando a mi
espalda, de cuando en cuando.
Los dos hombres ríen, hasta Trinidad no puede evitarlo y le sale una risita entre dientes.
–Bien merecido lo tienes.
La Estrella del Pop se acaba la copa, esta no ha tocado la mesa que un camarero se materializa a su lado y la llena. Nadie va a presentarse preguntando por él ya, seguro, –decide–. Lo de la editorial francesa, la traducción de su libro, una broma, seguro que lo era, ¿Cómo pudo llegar a creérselo? Porque era agradable acariciar la idea: ¡Editorial francesa! ¿Cómo pudiste tragártelo? Busca tu libro en las webs de segunda mano, ya verás a qué precio se lo saca la gente de encima. Pobre Estrella del Pop, siempre a punto de ser algo grande, algo realmente grande; siempre quedándose a medio camino de… Olvidalo. No lloriquees, los Ramones nunca fueron un grupo de grandes estadios. Fueron los Ramones, quizá ese es el secreto ser quién eres.
Sus compañeros de mesa parecen debatir otro asunto en ese momento, algo sobre una galería de arte en Lima que ha cerrado. La Estrella del Pop descubre que ahora tiene una pieza redonda de carne roja, adornada con granos de pimienta de diferentes colores, en el plato. Mientras la corta, le pregunta a Trinidad.
–¿Cuál es ese hobbie de Rafael que tanto parece ofender a las mujeres?
Trinidad le mira como si fuera tonto, como si su pregunta no viniera a cuento. Se arrepiente de haber abierto la boca, debe ser algo sexual. Sexual y pegajoso, o solo pegajoso.
–Le gusta, le gustaba pegarse con músicos.
Contesta y devuelve su atención al plato, lenguado merniere, parece. ¿Pegarse con músicos? No ha debido entenderlo bien. Seguro que ha dicho otra cosa, algo como… la verdad es que no se le ocurre nada. Rafael le está mirando, con su tenedor a medio camino de la boca, lo mira con la expresión de... ¿una serpiente cuando descubre un nido lleno de pajaritos? La Estrella del Pop se encuentra preguntando:
–¿Pegarse
con músicos?, ¿lo he escuchado bien?
–Sí, efectivamente, he
de reconocerlo –admite Rafael, intentando poner cara de niño
arrepentido, y transformándose, en el proceso, en una especie de
troll de cuento.
–No
entiendo como alguien puede considerar agradable hacer semejante cosa
–opina La Estrella del Pop.
–Yo tampoco –afirma
Trinidad.
–Siempre fue un tipo raro –cree necesario añadir
Miguel–. De niño era muy pequeñito y delgado. Y con más mala
leche que ahora todavía. Es lo que cuenta su madre, con otras
palabras, pero eso dice.
–¿Pegarse con músicos?, ¿por qué?
No lo entiendo –interroga la Estrella del Pop, sobre todo al trozo
de carne en su plato.
–Por envidia. He de reconocerlo. Ser
músico, aporrear una guitarra encima de un escenario, cantar cosas
de contenido sexual y que a las muchachitas les pareciera
estupendo... Era lo que yo quería hacer en esta vida, pero…
–No
tiene oído, ni sentido del ritmo. Ni siquiera, ya ves, tiene
paciencia para dejarse el pelo largo.
Rafael
niega con la boca llena y asegura que eso sí podría llegar a
conseguirlo. La Estrella del Pop no cree que lo que está
escuchando pueda ser posible. ¿es esto una broma? Si
lo es, es una broma carísima. ¿Dónde están las cámaras? La carne
de su plato no contesta, solo se deja comer, está estupenda.
La
Estrella del Pop bebe un poco más de champán y comprende que está
borracho, que los dos negroni que tomó
–¿cuándo los tomó?,
parece que hace mucho tiempo… sí, fue… antes de que Rafael
apareciera por la puerta–, junto con el champán han hecho un
efecto muy superior al que se pensaba. Los otros comensales, sus
compañeros forzados de mesa le están observando, parece que esperan
algún tipo de reacción por su parte, puede que alguien haya dicho
algo que él no ha llegado a escuchar. Es necesario que contribuya a
la conversación de alguna manera, así que pregunta:
–¿Y te has pegado con muchos?, famosos quiero decir.
–¿Famosos como tú?
El tono en que ha hecho la pregunta le ha molestado, ¿qué quiere decir que él solo es un Famoso-de-medio-pelo, famosuelo, relleno de cartel, gran esperanza blanca transformada en vieja gloria? Sí, es un tono que resume cien encabezados, de cien artículos, en los cuales algún idiota se queja, del desperdicio de tiempo, que es escuchar su música. La Estrella del Pop se enfada, más que enfadarse se altera y se le pasa enseguida. ¿Rafael está intentando provocarle? No lo conseguirá, La Estrella tiene un gran sentido de la supervivencia, se dice para sí, antes de contestar.
–No
específicamente, supongo.
–Solo los famosos cuentan, háblanos
de los famosos.
Dice Miguel apartando su plato y repantingándose en la silla. Miguel ha comido muy poco, la Estrella del Pop se ha dado cuenta que nunca llega a comerse ni media ración, aunque se sopla las copas de champagne a la velocidad que una ametralladora escupe munición. El teléfono de Trinidad suena, ella observa en la pantalla el número y lanza un suspiro.
–Es ella otra vez. Por una vez es un alivio, así no tendré que escuchar vuestra cháchara – y añade dirigiéndose a La Estrella del Pop–, perdona, tengo que cogerlo, ya sabes: niños pequeños, problemas pequeños; niños grandes, problemas grandes.
Tras la disculpa, se levanta de la mesa y se dirige a pasear por el invernadero –en el que ahora ya no queda nadie sentado, en ninguna mesa–, con el teléfono en la oreja.
Rafael, por su parte, la observa en silencio, un segundo, hasta que parece recordar donde está y retoma la conversación.
–No
pienso decir ni pio sobre los tipos con los que peleé, consejo de mi
abogado, todavía corren por ahí demandas. Además son historias
aburridas, la misma historia. Yo acercándome a un tipo infantil, al
que el mundo sobrevalora, y explicándole que lo que hace me parece
una mierda, basura, algo sin profundidad ni calidad y que le vaticino
que será olvidado mucho antes de que su asco de público alcance la
mayoría de edad.
–¿Realmente crees eso? ¿De todos?
–inquiere Miguel
–Sí.
La Estrella del Pop no considera que su producción sea de un nivel inusitado de calidad, tampoco la cree basura. El proceso creativo te obliga a repudiar tu última creación poco después de terminarla, solo puedes recrearte en ella un breve espacio de tiempo, antes de pasar a lo siguiente. En cuanto a profundidad del hecho artístico... ¿A qué se refiere? ¿A la profundidad de la huella que queda en la psique de lo común? Eso depende en un noventa por ciento de la suerte, del momento. Si no fuera así, todos los temas alcanzarían el número uno. La industria ya lo intenta, pero no lo consigue más de una de cada cien veces, o menos. Cree.
Los dos hombres vuelven a estar atentos a su reacción, a su falta de reacción. Quizás por eso Rafael decide continuar con su charla.
–Pero
si que puedo hablaros, y creo que son hasta más interesantes, con
los que no conseguí pelear.
–¿Por ejemplo? –pregunta con
un deje de entusiasmo Miguel.
–BB King.
–¿Cómo
fue?
–En Berlín, en un tranvía, a las doce de la mañana. Me
acerco al abuelo negro y le digo: ¡He papaito!, quiero zurrarte.
¿Por qué tendrías que querer hacerlo?, pregunta. Y yo le suelto mi
rollo de siempre, del valor artístico de su cosa y tal. Él me
escucha, después sonríe y me dice, con la mano puesta sobre el
corazón, que piensa lo mismo el cincuenta y un por ciento del
tiempo. Vale, veo que por ese camino no lo voy a poner en el
disparadero. Así que le suelto que es para compensar, por todas las
jovencitas que se ha encontrado esperando en el pasillo de su
habitación de hotel. Que el Karma siempre exige estás cosas. El
viejo me mira a los ojos y me suelta, con ese acento enganchoso que
tenía: ¡Me parece justo, muchacho!, pero hagámoslo interesante,
igualemos los pesos, ¿no te parece? Y coge y saca una navaja de la
bota, que hace un chasquido ¡Sclancch!, enorme cuando se despliega.
Y no quedamos allí los dos congelados, esperando a que el otro dé
el primer paso. Entonces el tranvía llega una parada y todos los
alemanes salen corriendo, por todas las puertas y me quedo yo y el
negro de la cara de caimán allí solos. Le miro los ojillos, miro el
cuchillo. Le digo que en otra ocasión será y me hago humo yo
también, Creo que todavía debe estar allí sentado. Nadie nunca más
se ha atrevido a subir en aquel tranvía.
Miguel ríe. A la Estrella del Pop también le hace gracia. Le ha sonado como una historia muy contada, que se ha redondeado, como una piedra en la corriente del río, hasta perder todas sus esquinas y ser todo suavidad. Rafael parece contento de tener público y se entusiasma.
–Está
es todavía más antigua: Joe Cocker, intento
ligármelo...
–¿Ligártelo?
–Es
una forma de hablar. Ligármelo,
sí ¿pasa algo? Es
un bar de Dublín. Le
he soltado mi rollo, él se queda mirándome a través de sus ojillos
acuosos, sin decir nada, durante lo que me parece un cuarto de hora.
Y
cuando al final abre la boca... es para vomitarme encima. Tuve que
tirar el traje.
–Luego te venció, sin ni siquiera levantar
los puños.
–Desde luego.
Trinidad
ha
vuelto a
la mesa pensativa. Guarda
el teléfono en su bolso y se queda mirando al vacío durante un
segundo. El
mismo tiempo que permanece callado Rafael, antes de intentar
continuar desgranando anécdotas.
–Bryan
Ferri. En la Costa Brava, en la puerta del Casino de no-sé-qué. A
él sí
que le tiré un puñetazo, pero se dobló como un junco y lo esquivó.
Cuando
volví a la posición... él ya subía a un Mercedes ¡y me decía
adiós! Así,
agitando la mano, como si fuera de la realeza. Le tiré un zapato, un
lottusse,
la gente me miraba. Nunca
me he sentido más absurdo.
–Podrías callarte ya. Egoísta.
Presuntuoso.
Torpe
exhibicionista. Desgraciado…
Trinidad tiene la cara crispada, los ojos le llamean. Parece que ahora sí que ha decidido montar una escena. Puede que tenga experiencia en ello, porque los dos hombres retroceden en sus asientos. Una señorita aparece con el carro de los postres y permanece junto a la mesa con una sonrisa pintada en la cara e ignorando cómo sube el tono y el volumen de las voces en la mesa.
–Tranquilízate,
cariño. Solo
era un juego, uno que ya acabó. Hace
años que acabó. ¡Estoy mayor! No
pienso pelearme con aquí, el amigo. Aunque la verdad igual se
merecería un par de sopapos. ¿Has
escuchado la basura que produce? En serio, no puedes creerte la
cantidad de ideas estúpidas por tema que es capaz de emitir. Meterle
una paliza y hacerle callar, ni siquiera fuera un minuto, sería un
servicio público. Todas esas sandeces volando en el aire. Llegando
a los oídos
de muchachitas y muchachitos sin criterio. Engañándolos,
haciéndoles creer que…
–¡Cállate
ya!, ¿es así como intentas superarlo?, ¿culpando a la música
pop?
–Mira, pues reconozco
que lo
intenté. Aunque
la verdad es que no me funcionó. ¿Tú has conseguido algo?, ¿te
han ayudado todos esos terapeutas carísimos?
–Eres un idiota,
siempre lo has sido….
El teléfono de Trinidad vuelve a sonar y ella dedica un bufido de desprecio antes de sacarlo del bolso, lo acaba de sacar de él cuando deja de sonar.
–Ha
colgado. Cada vez tiene menos paciencia, es más explosiva, ¡Sufro
por ella!
–Déjala
estar, tiene que asumirlo, digerirlo por si sola.
–No sé como
eres capaz de ignorarla, de vivir así. También
es tu hija.
–Lo es, claro que lo es. Histrionica,
exhibicionista, narcisista... Todos
mi propios vicios y... ¿Sabes
una cosa? ¡Los
detesto reflejados en otra persona!, no puedo soportarlos. Además
ella escogió; decidió culparme. ¿No
fue así? ¿Qué
espera? ¿Qué
me arrastre detrás de ella?, ¿de ti?
Un millón de pensamientos parecen llegar a la vez a la mente de Trinidad, transformarse en palabras y querer salir todos a la vez por su boca. Ella traga saliva y, al final, emite una sola frase que suena lapidaria.
–Tener
hijos implica sacrificios.
–Para sacrificada ya te tenemos a
ti –contesta Rafael con un gesto de desprecio.
Trinidad se levanta y, con el mismo movimiento, derriba la silla en que está sentada. Que produce, al golpear el suelo, un ruido parecido a un latigazo. Los últimos comensales que quedan en la sala, alargando sus cafés, no pueden continuar ignorando la trifulca y levantan la mirada de sus platos. Todos los ojos se fijan en Trinidad. Esta escupe, con poca traza, a Rafael, se da la vuelta y sale como una exhalación del salón.
Rafael tarda un segundo en reaccionar, pero retira la silla con suavidad y sale a paso vivo detrás de ella. A Miguel se le ha descolgado la mandíbula, parece interrogar por un momento con la mirada a La Estrella del Pop, para súbitamente recordar algo y también levantarse y salir del salón prácticamente gritando
–¡Trini!, ¡Rafael! ¿Mis maletas! ¡Mis llaves!
La Estrella del Pop queda solo en la mesa, a merced de la chica del carrito de los postres; que parece tan ajena a todo lo que ha pasado como lo estaría un ídolo maya esculpido en piedra. Hasta que abre los labios para decir una sola palabra.
–¿Monsieur?
La Estrella del Pop niega suavemente con la cabeza y el carrito de los postres desaparece. No queda nada en su plato, su copa está vacía. La gente de las otras mesas vuelve a dedicarse a su sobremesa, a sus conversaciones. ¿Qué es lo que ha pasado? ¿Ha sido real?
El camarero, cuando le presenta la cuenta le saca de toda duda.
