Despedida
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| Vacio-001 |
Hoy un cuento de fantasmas que no da nada de miedo.
Esta noche me visitó un fantasma. Entiendo que pueda pareceros una afirmación exagerada, que creáis más correcto decir que soñé con un difunto. Sí, sé que lo aceptaríais mejor; pero yo sigo creyendo que me visitó un fantasma.
La
cosa sucedió así: como pasa en los sueños, de golpe, allí
estábamos, en una calle estrecha, muy estrecha, en alguna parte; los
dos caminando por el poco espacio libre que no está invadido por
comercios —pequeños, numerosísimos, abarrotados,
a ambos lados–, paseantes curiosos que haraganean frente a ellos y
vendedores que parecen hablar todos a la vez. Hay fuertes olores en
el aire, brillos de latones, y telas de muchos colores.
Estambul,
él dice que es Estambul. Yo nunca he estado allí. Cuando
se planteó no pude ir: no tenía días libres; aunque la verdad
tampoco me apetecía nada. No
siento fascinación por el Oriente. Él sí que fue. Se
tomó mal que yo no fuera; infringí una norma de nuestra relación.
Una norma relativa a los viajes. Se comportaba así a veces. Te hacía
sentir que infringías normas que no sabías que existían.
La
última vez que supe de él ya fue de manera indirecta. Yo estaba de
viaje por trabajo, al otro lado del charco, y un conocido común —un
capullo integral— me llamó para informarme de que estaba en las
últimas. No entendí, o no quise entender, lo que me estaba diciendo
y dije que en cuanto regresara iría a visitarlo. Me aclaró que era
inútil: que ya no estaba consciente y que nunca lo volvería a
estar.
Sentado en una incómoda silla, durante una pesadilla de
cancelaciones de vuelos, consciente de que ni siquiera iba a llegar a
las exequias, recordé la vez que se cayó de la bicicleta —frenó
asustado al final de una interminable cuesta y salió proyectado por
encima del manillar—. Después, mi agotador, larguísimo sprint,
hasta el coche para regresar, recogerlo y llevarlo al hospital. Aquel
día había mucha gente en urgencias. No parecía entender que toda
aquella gente estuviese peor que él, que hubiese que guardar una
cola. Realmente me avergonzó, todo quejas y lloriqueos por su pobre
brazo roto. ¡Dios! Yo me lo he roto dos veces y nunca monté
semejante escándalo, y eso que era un niño. Igual las fracturas
duelen más de adulto. No entiendo cómo es que lo ingresaron, lo
dejé en el hospital y regresé al pueblo, donde avisé a su madre
—de la que recibí otra dosis de llorera aderezada con
recriminaciones, no sé bien por qué—. No acudí al día siguiente
a visitarlo, como agotado por sus exigencias me había comprometido a
hacer. Confiado en que no estaba solo y, que demonios: ¡solo era un
puto brazo roto!
El tercer día, tras el accidente, fui a su
casa a visitarlo, porque, claro, a la mañana del segundo día, ya
escayolado, le habían facturado para casa. Estaba muy enfadado. Se
comportaba como si le hubiese traicionado, abandonado. Puede que
fuera cierto. Rechazó mi ayuda e intentó hacer todo con su mano
sana. Lo conseguía, claro. Solo era un brazo roto. En ese momento su
personalidad era el otro extremo de la quejosa piltrafa que sostuve
en el hospital. Eso también lo hacía, ir de un extremo al otro y
dárselas de equilibrado.
Ahora
estamos en lo que parece un sueño, un sueño que sucede en Estambul.
Caminamos por la calle estrecha y pienso que, al final, se ha salido
con la suya y me ha hecho venir al final de Europa, al principio de
Asia, un lugar por el cual nunca he tenido debilidad. Pienso en
quejarme, en decirle si no tiene nada mejor que hacer. No sé,
arrastrar cadenas o remendarse el sudario, pero me callo, se supone
que en algún momento fuimos amigos.
¿Lo fuimos? Cierto que una
vez di un mal paso y él me ayudó a enderezarme, pero contraje una
deuda imposible de pagar. No creo que supiera que la amistad es lo
contrario; quizá la imposibilidad de contraer una deuda. Tendría
que haber discutido esto con él antes.
La
calle estrecha acaba en un almacén muy grande y muy alto. Todo está
polvoriento. Me parece reconocerlo como un rastro o algo por el
estilo. Las mercancías casi son irreconocibles bajo los embalajes;
solo distingo aquí y allá una alfombra enrollada o una silla puesta
del revés que, como un grito de auxilio, muestra una pata a través
de su envoltorio de papel de estraza.
Nos atienden dos o tres
árabes. En realidad le atienden a él, yo parezco transparente. Eso
siempre me pasaba, no sé porque motivo. Cuando estaba a su lado
debía parecer un pelagatos o quizá un cliente más difícil que él.
Le veo regatear; le encanta hacerlo. Como siempre cree conseguir un
buen precio y compra una cama antigua. ¡Reconozco el cabezal! Y al
reconocerlo la escena queda clara: sé dónde estoy, dónde estamos:
dentro de un cuadro de Fortuny. Esto no hace la escena ni más ni
menos real para mí, pero comprendo que me ha estado engañando. No
hemos ido a Estambul, no hemos ido a ninguna parte. Él está
cobrándose mis deudas, atrasos que no sé si reconozco. No, para
nada, no creo deberle nada, pero… Dicen que los fantasmas lo son
porque tienen deudas pendientes. ¿Dejan de serlo si pasas de
discutir y aceptas pagarlas sin más?
Entre
las dunas, ahora estamos entre las dunas, pero no de un hipotético
Oriente, sino de la costa valenciana. Aunque él se empeña en
hablarme de sitios que me suenan de Lawrence de Arabia. No
estoy enfadado. Nunca pude estar enfadado con él mucho rato. Nunca
acabé de creer nada de lo que decía, ni esperé nada. ¿Esto
también puede ser amistad?
Noto la arena entre los dedos de mis
pies descalzos. Propongo que vayamos a... no recuerdo. Él no
contesta, mira al mar. En su rostro hay miedo, pero no demasiado. Se
vuelve hacia mí. No habla, pero sé que es la hora. Debe marcharse,
ir a disolverse en ese mar que le espera. Nos decimos adiós sin
palabras. Me despierto, sintiéndome muy arrepentido de no haber
llegado a su entierro.
